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Una velada en el ferrocarril hacia Napoli

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Una velada en el ferrocarril hacia Napoli

Mensaje por Bianca el Miér Dic 19, 2018 8:35 pm

Sus pertenencias eran limitadas, pues la vida en el convento del Sagrado Corazón en París era modesta. En su maleta pequeña de mano llevaba sus pertenencias más preciadas: su escritorio para escribir correspondencia, algunas de las cartas que Luca le había mandado, una fotografía de sus dos hermanos y ella en medio, otra de sus padres, su diario de vida, un delicado perfume con esencias cítricas de Sicilia, un paquete de cigarrilos, una caja de bombones que llevaba de regalo, la biblia y su atuendo escolar. No era de juntar demasiadas cosas materiales, pero siempre llevaba aquellas que eran realmente importantes para ella. Además había aprovechado de comprar un bonito patrón de vestidos más modernos y le pediría a su modista que lo cosiera para ella. 

Apenas tenía un cambio de ropa para poder subirse al tren cuando iba a casa, pero ésta era cómodo y elegante para el viaje. Como todas las damas llevaba un ajustado vestido de color blanco que le llegaba hasta las pantorillas, adornado con vuelos y flores en algunas partes, cerrado hasta el cuello. Un cinturón de seda celeste enmarcaba su cintura y un sombrero con un listón del mismo color y flores amarillas la protegía del sol. En medio de su pecho caía una cadera con una cruz, como buena jovencita católica, no podía ir sin ello por la vida. Y claro, guantes blancos de hilo, tejidos a mano por las grandiosas costureras de París. 

En su mano derecha llevaba un pequeño quitasol blanco de encaje para así evitar quemar su blanca piel junto con la maleta y en la otra mano seguía sosteniendo el telegrama de Luca en que le comunicaba la repentina muerte de su padre, sin más explicaciones. 

"Padre muerto . Funeral pronto . Vuelve . "


Perteneciendo a la familia más adinerada de Sicilia, tenía dinero para viajar a su disposición, así como para cualquier emergencia, aunque la mayoría de éste lo había malgastado en tonterías como cigarritos, dulces y broches. Aun así le quedaba lo suficiente para un pasaje en primera clase para poder de ese modo descansar durante el largo trayecto desde París a Napoli, lo más cerca que el tren la dejaría de su hogar, lugar en donde tendría que tomar un Ferri para atravesar el mar e intentar llegar al funeral de su Padre. Aunque probablemente se lo perdería. 

Acongojada por la incertidumbre de sus familiares vivos y el destino de Meteo y Luca, suspiró con melancolía mientras hacía la fila para comprar su pasaje que saldría en treinta minutos. Era de muy última hora, pero considerando que los pasajes de primera clase eran carísimos y ella compraría toda la cabina para viajar por su cuenta, no habría problema. Dejó su maleta cuando llegó a la ventanilla y puso el dinero dando las instrucciones del destino al que quería llegar y el tipo de asientos que requería. Había pedido lo mejor que tenía el tren, una cabina cerrada con vidrio en donde dos asientos largos estilo sofa se cruzaban uno frente al otro. Le llevarían comida a las horas que lo necesitara y si se aburría podía salir y sentarse en el vagón donde se encontraba el bar y beber brandy mientras miraba el paisaje y leía. Lo había hecho antes sin que le molestara la impresión que causaba una señorita bebiendo.

Estaba a punto te retirarse cuando escuchó una conversación acalorada de un joven que exigía le vendieran un boleto de tercera clase, aunque el vendedor de pasajes le explicaba una y otra vez que no podían hacerlo pues estaban agotados y sólo tendría ese tipo de pasajes para dos semanas más. Lucía como un joven trabajador, quizás un poco entrado en desgracia, ropa desteñida, descuidada y pasada de moda. No obstante, su mirada desprendía un una intensidad que resultaba hasta cierto punto sofocante. Pensó que quizás debía retirarse sin decir nada, pues no era asunto suyo. No obstante, algo en ese sujeto le llamó la atención, como si se le erizara la piel por tenerlo cerca, una sensación de calidez y frío al mismo tiempo que le revolvía el estómago y despertaba su curiosidad. Sólo le había ocurrido algo así antes cuando peleaba con Luca o le gritaba a Meteo. Una sensación de peligro y aventura, de algo que se arremecía en su alma... lo sentía. Escuchaba un rugido en su mente y veía un dragón surcando el cielo por algún motivo. 

Excusez moi monsieur le dijo con una amable sonrisa y algo de timidez. Ni si quiera sabía del todo por qué estaba haciendo eso, su instinto le decía que era lo correcto―. Tengo que ir hasta Napoli y compré los cuatro pasajes de la cabina privada. Aunque, no me gustaría viajar sola. Es peligroso para alguien como yo ir de un lugar a otro sin un acompañante que pueda cuidar de mi. Si le interesa, podrías ser usted. Le pagaría, por supuesto y podría viajar sin esperar esas dos semanas. Por lo general mi padre manda a uno de sus hombres para que me recoja en las vacaciones, pero... esta es una situación de emergencia y sólo ayer me llegó el telegrama pidiéndome que volviese enseguida.  Si quiere, puede venir conmigo y ser mi escolta. Sería de gran ayuda para mi y lo acercaría a su destino ¿No? 
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Re: Una velada en el ferrocarril hacia Napoli

Mensaje por Aiden el Jue Dic 20, 2018 1:15 am

Aiden no era alguien de mucha paciencia. Tampoco escuchaba explicaciones. Cuando quería algo con urgencia no había nadie que pudiera hacerle entrar en razón hasta que lo consiguiera… incluso si era imposible. Fuese como fuese, siempre acababa discutiendo o peleándose con alguien. En este caso, un vendedor de pasajes de ferrocarril. El terco rubio gritaba exasperado intentando hacerle entender su necesidad de viajar cuanto antes a un cansado sujeto que ya no sabía cómo explicarle que los pasajes estaban agotados.

—¡No tengo tiempo para esperar dos semanas, quiero ese boleto ahora mismo! —exclamaba impetuoso Aiden sin entender razonamientos.
—Ya se lo he dicho, joven, eso no será posible. Los boletos están agotados, ¿comprende? AGOTADOS. Ya no hay lugares. Deberá esperar no tiene opción.  
—Maldita sea. ¿Es que quieres que te mate, bastardo? —gruñó molesto ante la nueva negación.

Pero entonces una voz femenina y amable, ajena a la discusión, le interrumpió. Aiden volteó para ver de quien se trataba y se topó con una jovencita pelirroja y de ojos llamativos. Alzando una ceja curioso la observó detenidamente. No parecía muy mayor de hecho quizás tenía la misma edad que él. Su atuendo, su porte, todo, indicaba que debía ser alguien de mucho dinero. Aquello hizo que se sintiera inmediatamente ofendido por la oferta de la chica. ¿Acaso creía que él no podía conseguir un boleto por su cuenta? Su orgullo le impedía aceptar la ayuda de terceros y más aún de alguien que, a diferencia de él, parecían sobrarle los recursos para subsistir.

—¿Estás diciendo que me pagarías por acompañarte? —reflexionó el rubio, incrédulo. Solo debía cuidarla durante el viaje. Tuvo que pensarlo detenidamente, parecía un trato beneficioso para él aunque su orgullo le gritaba desde lo más profundo de su ser que no debía aceptarlo. Pero un viaje gratis en primera clase no era cualquier cosa, mínimamente debía detenerse a pensarlo—. Deberías saber que no soy ningún incompetente y fácilmente podría haber conseguido un pasaje por mi cuenta —se defendió ofendido aun cuando no había necesidad—. Pero me parece un trato justo, así que, supongo… que aceptaré. —en ese instante se volteó hacia el vendedor de pasajes y le mostró una expresión burlona sintiéndose victorioso sobre él y la discusión que habían tenido anteriormente.
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Re: Una velada en el ferrocarril hacia Napoli

Mensaje por Bianca el Jue Dic 20, 2018 8:19 am

La joven asintió riendo con suave calidez cuando él se mostró ofendido al creerlo incompetente, llevando una de sus manos enguantadas a los labios para ocultar el gesto. Le parecía bastante mona su reacción, como un niño. Se agachó para recoger su pequeña maleta y abrió el quitasol de encaje blanco para protegerse mientras esperaban por el tren, caminando en dirección al andamio. 


―No creí que usted fuese un incompetente, monsieur. De lo contrario no le habría ofrecido un trabajo como éste ―dio unos cuantos pasos y esperó que él la siguiera aunque no estaba del todo segura de que lo haría. Quizás no le gustaba estar en presencia de otras personas, pues su malhumor era visible o quizás le molestaba que ella fuese alguien de distinta clase social. 

Por lo general nunca se habría detenido en medio de los andenes de París para ofrecerle un boleto extra a alguien que no conocía. Era una mujer cauta y sabía los riesgos de viajar por su cuenta. De hecho, era la segunda vez que nadie la acompañaba en un tren, pues efectivamente su padre siempre mandaba a alguno de sus hombres para que la recogiera cuando comenzaban las vacaciones. No obstante, había algo en ese joven que le provocaba querer saber más de él, una sensación extraña sin duda. 

Por otro lado ni si quiera se había ofrecido para llevar su maleta como cualquier joven educado que ve a una señorita en esas circunstancias, pero no le molestaba. Supuso que era alguien sin ese tipo de modales. Seguramente venía de alguna zona rural alejada de la civilización, los modales y el tacto. Mientras pudiese mantenerla acompañada y a salvo durante el viaje ella se daba por pagada. Cuando llegara a Napoli le daría una compensación por su trabajo y separarían sus caminos a menos que él también se dirigiese a Sicilia. 

El tren no demoró demasiado en arribar y al ser pasajeros de primera clase pudieron abordarlo con preferencia. Caminó por los corredores buscando su cabina y la abrió con cuidado, para luego dejar su pequeña maleta sobre uno de los sofás cubiertos en terciopelo rojo. Se dirigió hacia las cortinas en la ventana y las abrió de par en par mirando a las personas en los andamios con una excitante sonrisa. Le gustaba ver las escenas en que algunos se despedían con lágrimas, otros riendo y lanzando besos, mientras agitaban sus pañuelos blancos en señal de que tuviesen un buen viaje. Por algún extraño motivo su mente la llevó hacia un recuerdo lejano de una jovencita despidiéndose entre lágrimas de un amor imposible mientras prometía escribir. 


―¿Tiene un nombre por el cual pueda dirigirme a usted? ―le preguntó al joven intentando olvidar los ojos de Luca que quemaban en su memoria mientras comenzaba a sacarse los guantes blancos de hilo con sumo cuidado y elegancia―. Yo me llamo Bianca, aunque mis amigas en el Convento me dicen Bibi. Gusto en conocerlo ―bajó el rostro sonriendo un tanto incómoda y esperó que al menos ese joven fuese un buen conversador o el viaje se volvería aburrido como siempre. 
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Re: Una velada en el ferrocarril hacia Napoli

Mensaje por Aiden el Vie Dic 21, 2018 5:22 am

Aiden ni siquiera había notado que debía, al menos por cortesía, ofrecerse a llevar las maletas de su acompañante. No era algo que le hubieran enseñado. Como no conocía la forma en que se movían en ese ambiente tan sólo espero a que la muchacha se adelantara. Mientras seguía a la chica por los corredores del tren con la misma cara de pocos amigos de siempre, inspeccionaba cada detalle, preguntándose por qué había gente que pagaba tanto dinero por un simple viaje. Imaginaba que los pasajes de primera clase debían contar con todo tipo de beneficios y comodidades, de otro modo no costarían tanto, pero aun así era un simple viaje. Cómo adoran malgastar el dinero los ricos, pensó.

Entró a la cabina después de la muchacha sin dejar de sentirse impresionado por todo lo que veía. Al observar esos sofás tuvo el deseo de arrojarse encima de uno de ellos. Parecía ser un lugar cómodo y le agradaba la idea de que iba a poder viajar sin tener que pasar por momentos fastidiosos y sin que nadie lo molestara. Aunque la idea de estar en compañía de alguien más no le agradaba del todo, debía admitir que las comodidades del tren lo compensaban.

—Aiden. Ese es mi nombre —dijo simplemente cuando la chica volteó y le preguntó su nombre. Así se había hecho llamar toda su vida. Ni siquiera sabía cuál era el nombre que le habían dado sus padres o si esos bastardos le habían dado un nombre siquiera. El rubio no era alguien muy comunicativo y si le era posible prefería mantenerse alejado de las personas pues le resultaba fastidioso. Avanzó sin pensarlo y se dejó caer en el sofá que estaba libre, acomodándose con las manos detrás de la cabeza y cerrando los ojos. En verdad era cómodo, como una cama. Fácilmente podría haberse quedado dormido allí durante lo que durase el viaje.

—Oye Bianca —la llamó después de un momento, girando levemente el rostro para observar en su dirección—. Si alguien esta dispuesto a pagar tanto por un viaje en primera clase imagino que debe ser porque te ofrecen todas las comodidades, ¿no? Sería genial si la comida también estuviera incluida. Muero de hambre. —Cuando Aiden pensaba en los viajes de la gente adinerada imaginaba que tenían todo tipo de cosas para no aburrirse ni pasar necesidades. Y si tenía la oportunidad, no podía desaprovechar la ocasión de conseguir una buena comida después de mucho tiempo sin probar un bocado. Y si iba a cuidar de la chica durante le viaje, debía contar con todas sus energías, y para eso debía estar bien alimentado.

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Última edición por Aiden el Dom Dic 23, 2018 8:54 am, editado 1 vez
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Re: Una velada en el ferrocarril hacia Napoli

Mensaje por Bianca el Vie Dic 21, 2018 10:47 am

Terminó por sentarse con cuidado sobre el sofá opuesto al cual el joven se había recostado, indiferente de todo protocolo social, de modales o buenas costumbres. Aquello la sorprendió un poco, pero le agradó. Le hubiese gustado tener las mismas agallas para sacarse ese sombrero ridículo, el corset que no la dejaba respirar y lanzarse sobre su estómago a leer novelitas rosas el resto del camino mientras agitaba los pies en el aire. En cambio, tenía que sentarse derecha y con elegancia, incómoda por lo mucho que apretaba su corset y probablemente leer la biblia pidiendo por el descanso eterno de su padre. Después de todo, ese era el motivo del viaje. 

Bajó el rostro con tristeza recordándolo y una repentina angustia se apoderó de ella. 

―Si pagué tanto fue porque mi viaje es urgente. Mi padre ha fallecido ―le comunicó un tanto molesta de que considerara frívolo gastar dinero en la comodidad del transporte. Sus ojos que hasta entonces sonreían con alegría se llenaron de lágrimas lo cual le irritó aún más. Una dama no debía mostrar sus lágrimas en público, era una señal de debilidad―. Y como usted escuchó, no había asientos disponibles en otra categoría por al menos dos semanas ―intentó recomponerse manteniendo su dignidad, llenando su pecho de aire e intentando calmar ese dolor que la invadía―. No podía esperar tanto. Mi familia me necesita en este momento.

Con frustración, pensó que ni si quiera había podido adquirir un traje para el luto. Esperaba poder hacerlo en Napoli antes de embarcarse a Palermo. Hubiese sido completamente inadecuado llegar vistiendo el blanco y celeste, cuando el cuerpo de su padre estaba enfriándose en algún ataúd. No sólo era costumbre dentro de su religión y cultura guardar esos terribles lutos que duraban años, sino que también era lo que se esperaba de la gente como ellos. Hubiese sido escándaloso que la menor de los Aunonte no hubiese respetado las tradiciones de Sicilia. 

Su pecho se oprimió pensando en lo que Luca y Meteo estarían experimentando en ese preciso momento, encargándose del funeral, de los preparativos fúnebres, de todo lo que tendrían que hacer en casa después del entierro. Podía imaginarse a Luca y el sufrimiento que debió haber experimentado en ese momento. Era el único que vivía en casa con Padre. De seguro se sentiría más solo que nunca en ese inmenso lugar por su cuenta, sin nadie con quien hablar o que lo recibiese al llegar a casa.

Ella no había sido demasiado apegada a su padre, apenas tenía recuerdos de él de infancia y luego de largas ausencias. Había aprendido a temerle por algún motivo, tanto como a Meteo. Lo amaba, claramente, pero sentía que mientras estuviese cerca de su padre nunca podría estar tranquila con su consciencia. Ella sabía lo que había ocurrido con su madre, la mujer que él tanto había amado, y nunca se lo dijo. Había observado como pasaba noches enteras sin dormir dando círculos en el comedor, como refugiaba su profundo dolor en el licor, la forma en que con desesperación había ofrecido la mitad de su fortuna a quien le pudiese traer al responsable de lo ocurrido con su Valentina. La muerte de la señora Di Girolamo lo había destruido lenta y metódicamente por años, volviéndolo alguien frío, silencioso y cruel. 

Hacía mucho presentía que algo turbio lo rodeaba, algo de lo cual ella quería escapar. Se sentía en constante peligro alrededor de él, y el miedo la paralizaba a tal extremo cuando se le acercaban sus matones que apenas podía dejar de temblar. Sí, definitivamente, el amor que sentía por su padre se había remplazado por un extraño y profundo miedo a él. Un miedo tan recóndito en su corazón, que incluso la hacía olvidar a ese hombre amoroso y risueño que la había consentido en cada uno de sus caprichos de infancia. 

―Disculpe, supongo que eso no es algo que a usted le interese oír ―le dijo con sus mejores modales, intentando recomponerse y sacando su pañuelo para secar sus ojos. Le avergonzaba profundamente haberse permitido llorar frente a un extraño por lo cual evitó mirarlo―. Nos ofrecerán té o café tan pronto parta el tren ―era bastante temprano aún para haber pensado en el almuerzo. Ahora que lo consideraba, para que estuviese tan interesado en comer, imaginó que seguramente no lo había hecho ese día, o quizás no había comido en días. Las cosas estaban un tanto difíciles económicamente y encontrar trabajos dignos era cada vez más complicado para los jóvenes de la edad de Aiden―. En mi maleta llevo chocolates, bombones, Anis de Flavigny. Fue un regalo de despedida de una amiga y no puedo permitirme algo así estando en luto ―la verdad era un regalo para Luca y Meteo, pero se hubiese sentido más tranquila si Aiden comía algo. 

Abrió su equipaje de mano que había puesto junto a ella y revolvió un poco sus cosas. Si el joven estaba interesado en qué llevaba alguien como ella podría haber visto el contenido de la maleta: fotografías, una biblia, una gran cantidad de cartas atadas con una cinta roja, un diario de vida, su ropa escolar, un perfume que desprendió un agradable olor cítrico, cigarrillos, los cuales escondió rápidamente entre su roja con un poco de pudor, y una bonita caja con un listón blanco.

Bianca sacó la cajita de chocolates, estirándola en dirección a Aiden. No sabía si los chocolates eran de su gusto, pero tampoco deseaba ver a ese jovencito pasando hambre por un par de horas hasta que sirvieran el té con galletas. 

―Son para ti. Son rellenos de mazapán ―le sonrió amablemente aunque seguía triste. No le gustaba mostrarse débil y patética frente a otros. Ni si quiera con sus hermanos. 

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Queda a elección de Aiden tocarla o no. 
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Re: Una velada en el ferrocarril hacia Napoli

Mensaje por Aiden el Dom Dic 23, 2018 8:53 am

—¿Uh? —murmuró Aiden desconcertado por la reacción de la chica. Al parecer esta se había sentido ofendida por su comentario y eso la hizo llorar mientras justificaba el motivo por el cual había pagado ese viaje. No era la primera vez que pasaba. Su hosca actitud por lo general hacía llorar a las damas. Eso o ponerse violentas. Pero ¿qué sabía él sobre cómo se debe tratar a una dama? No tenía mucho tacto. Tampoco sabía cómo funcionaba la mente femenina… aunque dudaba que quisiera saberlo. Eso lo llevó a suspirar y pensar para sus adentros «Mujeres. ¿Quién las entiende?»

Pero al parecer el motivo de Bianca era importante para ella. Hablaba del fallecimiento de su padre. Aiden suponía que eso debía ser malo para cualquiera, sin embargo comprender el sentimiento para él era muy difícil ya que no tenía padres y jamás había tenido que lamentar la muerte de un familiar o ser querido. Había estado toda su vida solo. Y si sus padres aún vivían poco le importaba.  

—Ya ya. No era para que te pongas así —comentó con fastidio mientras se sentaba en el sofá. «Qué complicadas son las relaciones humanas» pensó. Por esas cosas prefería estar solo. Consolar a otros no era algo que acostumbrase.

Aguardó en silencio mientras la chica buscaba entre sus pertenencias para ofrecerle unos chocolates. Esperaba… o mejor dicho, deseaba algo más que unos simples chocolates, pero creyó que quizás estaba pidiendo mucho. Peor era nada, pensó, así que los aceptó. Al tomar la caja rozó por accidente la mano de la muchacha. Ni siquiera se dio cuenta, pero en ese instante se sintió raro. Alzó la vista observándola extrañado y pudo percibir la tristeza en su mirada. Su angustia era casi palpable aunque lo escondiera con esa sonrisa.  

«Diablos» pensó, odiaba verse involucrado en ese tipo de situaciones. Era incómodo. ¿Cómo se supone que debía actuar en un momento como aquel? Fácilmente podría haberse hecho el desentendido e ignorar a la chica por el resto del viaje, pero quedaban varias horas por delante y el sentimiento era tan cargante que no creía pudiera soportarlo mucho tiempo.

—¿Qué te pasa? Cambia esa cara —le dijo extrañado y sin mucho cuidado. Ella lucía una sonrisa amable, pero él por algún motivo podía ver algo más. Un sentimiento de tristeza oprimente e incómodo que le molestaba. Quizás no debió haberle recordado el motivo por el que pagó ese viaje en primer lugar. En serio que el asunto de los sentimientos y las personas le resultaban muy complicados—. No sería agradable verte así todo el viaje. Quizás deberías comer un par de chocolates a ver si te animas un poco. —dijo devolviéndole la caja y desviando la mirada en otra dirección. Maldita sea, pensó, para alguien como él aquella situación era realmente incómoda.

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Re: Una velada en el ferrocarril hacia Napoli

Mensaje por Bianca el Dom Dic 23, 2018 3:29 pm

Bianca abrió los ojos de par en par un poco confundida y hasta en cierta medida ofendida. Sólo había querido ser amable con ese joven que parecía hambriento y él se mostraba indispuesto por su gesto. Le había ofrecido un viaje en primera clase para que pudiese viajar, un empleo remunerado, todos los gastos del viaje cubiertos y hasta los chocolates que le llevaba a sus hermanos. A pesar de estar lamentando la muerte de su padre había cubierto sus lágrimas con una sonrisa para no importunarlo con su luto, pero por algún motivo eso sólo lo había fastidiado y la miraba con rostro de pocos amigos, molesto e irritado. 

Blanca frunció los labios entonces y retiró la caja de chocolates de golpe. Si ese tipo iba a comportarse como un mal agradecido sin clase o modales, no tenía por qué ser amable con él. Muy pocas veces se molestaba con las personas, pero cuando aquello ocurría se podía volver alguien extremadamente desagradable y dejar de lado todos los modales de una señorita de su clase. 

―Pues si no los quiere ―se puso de pie, abrió la ventana y arrojó la caja de chocolates por ésta, cayendo los hermosos mazapanes por los prados verdes a las afuera de París. El viento de la ventanilla abierta le desordenó un poco su larga e intensa cabellera roja que la hacía lucir un poco más salvaje, desordenada y apasionada que esa jovencita contenida, amable y afable de convento que había sido durante todo el transcurso de la mañana―. Tampoco los quiero ―lo miró directamente a los ojos y por un momento sintió deseos de golpearlo por su insolencia. Ella era una dama, había sido cortés, genuinamente amable y él la insultaba rechazando su ofrecimiento del modo más burdo e insensible, incluso sabiendo que estaba pasando por un momento de profundo dolor―. Usted, Monsieur, es un cretino ―intentando volver a respirar normalmente se sentó en su butaca, abrió su maleta y sacó la biblia que llevaba poniéndola justo delante de su cara para que él no viera su ira contenida―. Y no se preocupe por mi rostro, Aiden, porque no lo tendrá que ver el resto del viaje.

Lo único que había buscado era un poco de compañía, quizás conversar con alguien, conocer a una nueva persona mientras lo ayudaba a llegar a su destino. Incluso se había ofrecido a pagar esa compañía que tanto ansiaba para no tener que pasar por todas esas horas de silencio y meditación sola. Pero el joven la había ofendido. Ella le había dado una mano y él en cambio la había insultado rechazando su ofrecimiento, mostrándose sin modales y con un carácter horrible. Estaba realmente molesta y si no planeaba dirigirle la palabra a menos que se disculpara por su ofensa. 

―Estúpido, estúpido campesino inmundo ―farfulló en italiano esperando que no la entendiera, mientras mantenía la biblia delante de ella sin realmente leerla, sólo pensando en lo enojada que estaba. 

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Re: Una velada en el ferrocarril hacia Napoli

Mensaje por Aiden el Mar Dic 25, 2018 9:02 am

—¿Qué diablos…? —Si la reacción anterior de la chica lo había sorprendido, esta vez lo dejó atónito. De pronto había dejado de ser la dama calmada, amable y tímida para convertirse en alguien intensa y determinada que lo insultaba y se deshacía sin dudarlo del único alimento que tenían por el momento. Como Aiden nunca se tomaba nada muy enserio, para él tal respuesta había sido demasiado extrema… pero normal, pensó. Por experiencia había comprobado que las mujeres eran muy sensibles frente a las palabras. Y él no solía ser muy cuidadoso en ese aspecto. No lo hacía adrede, simplemente era así como había actuado toda su vida.

—¡Oh, vamos! No es para tanto, sólo intentaba animarte. Quiero un viaje en paz, tú también lo quieres, ¿no? —dijo con fastidio, cruzándose de brazos, minimizando el asunto. La biblia que la chica sostenía en sus manos le cubría completamente el rostro impidiendo que Aiden pudiera ver su expresión, pero no necesitaba hacerlo para saber que estaba enfadada ya que el tono de su voz la delataba fácilmente.

En otras circunstancias la situación le hubiera resultado divertida, pues no negaba que le gustaba molestar a las jovencitas para comprobar sus reacciones, pero en esta ocasión él también estaba ofendido, por lo que, si ella esperaba una disculpa de su parte, no iba a obtenerla. Además Aiden nunca se disculpaba por sus actos. Lo que no esperaba era ese murmullo final que salió de los labios de la muchacha y que él apenas pudo escuchar y no logró entender para nada. Seguramente hablaba en otro idioma, pero él apenas y podía hablar su lengua principal, por lo que estaba lejos de poder entender otro idioma. Lo primero que pensó fue que se trataba de un insulto, y se mostró molesto de inmediato sin poder evitar responder al respecto.

—¿Qué fue lo que dijiste? —le exigió en tono desafiante. A veces solía comportarse así, como un niño ofendido y demasiado orgulloso como para rendirse en una discusión—. Habla más alto para que pueda oírte.

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Re: Una velada en el ferrocarril hacia Napoli

Mensaje por Bianca el Mar Dic 25, 2018 5:09 pm

Bianca había intentado calmarse de su evidente enojo. Había llevado la biblia frente a su rostro, contado hasta diez y respirado profundamente tal como le habían enseñado las monjas durante tanto tiempo en el convento. Una dama no podía perder la paciencia, su delicadeza y elegancia. No obstante, tan pronto escuchó el desafiante tono de voz de Aizen bajó la biblia hacia su regazo y la cerró de golpe causando un sonido seco de hojas y cuero. Lo observó directamente a los ojos, mirada llena de pasión y fuego,  mostrando tanta fiereza como su cabellera roja, indómita como los miembros de su familia cada vez que se veían empujados a ese punto. 

―Dije ―realizó una pequeña pausa, las manos le temblaban, su respiración apenas la podía controlar, los labios fruncidos y mirada penetrante. Aceptaba el desafío del muchacho por lo cual se puso de pie. Quería recordarle que en esa circunstancia ella estaba en una posición más favorable para ganar en ese duelo de orgullos ofendidos― que eres un campesino, inmundo y maleducado ―lo pronunció lentamente, sin pestañar ni moverse―. ¿Quieres que lo repita, o con una vez basta para que tu cabeza de meridional inculto lo comprenda? O quizás lo pueda repetir en francés, italiano y latín, para que te eduques un poco. 

 Hacía mucho que no hacía algo como eso, salir del molde de lo que se esperaba de una señorita de su altura y comportarse meramente como se lo indicaba su instinto. Aquello le agradó y por algún motivo no pudo evitar demostrarlo con una sonrisa ganadora, sentándose delicadamente sobre la butaca de terciopelo rojo y con la biblia sobre las piernas ponerse a leer de nuevo. Ni si quiera le importaba que Aizen replicara, ella se sentía la ganadora de ese cruce de palabras. 

De cualquier forma ¿Qué podía hacer ese joven? Nada. Estaba ahí gracias a su buena voluntad y además planeaba pagarle una buena cantidad al terminar el viaje tan sólo por acompañarla y ser su chaperón. Si le causaba algún problema, simplemente pediría que lo expulsaran de su cabina privada y en ese caso se quedaría sin pasajes, en medio de la nada, sin paga y sin comida. Tenía la situación en sus manos. 
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Re: Una velada en el ferrocarril hacia Napoli

Mensaje por Aiden el Miér Dic 26, 2018 11:04 am

Aiden frunció el entrecejo con fastidio, si antes estaba molesto ahora se encontraba furioso. No supo que fue lo que le disgustó más, si el atrevimiento de la chica al responderle de esa forma tan desafiante y ofensiva o la insolente sonrisa victoriosa que pudo divisar en su limpio rostro de rasgos delicados como la jovencita adinerada que era, ahora con una seguridad que distaba mucho del amable y recatado carácter que había mostrado al inicio. Ignorándolo posteriormente para volver a su lectura parecía haber dado por terminada aquella discusión sintiéndose la ganadora, lo cual al rubio le ofendió aún más. Era claro que se estaba burlando de él aprovechándose de su posición, y si había algo que Aiden detestaba era que se burlaran de él.

—¿Estás burlándote de mí? ¿Cómo te atreves…? Niña tonta —exclamó poniéndose en pie de manera repentina. Obviamente creyó que la chica se acobardaría y no respondería a su provocación. Al ver que no había sido como esperaba no pudo evitar reaccionar al respecto. Y lo hizo sin pensarlo demasiado y con violencia como acostumbraba actuar siempre.

Bien, se dijo, clavando la mirada con molestia en el objetivo: aquel curioso libro que la muchacha tenía entre sus manos parecía ser muy importante para ella. Ambos podían jugar al mismo juego. En un acto impulsivo aprovechó la distracción de la jovencita mientras leía y se acercó para tomar su biblia y arrebatársela bruscamente. Acto seguido se aproximó a la ventana y sacó la mano por allí, el viento golpeaba fuertemente las hojas del libro agitándolas violentamente mientras amenazaba con caer fuera del tren. —Si no quieres perder tu libro para siempre tendrás que pedirme disculpas. —expresó con una mueca de enfado, no se iba a dejar ganar fácilmente.
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Re: Una velada en el ferrocarril hacia Napoli

Mensaje por Bianca el Jue Dic 27, 2018 12:12 am

Bianca no esperó una reacción así de parte de Aiden. Claro, pensó que en algún punto se enojaría y refunfuñaría alguna cosa ininteligible para sí mismo, pero nunca el atrevimiento de quitarle su sagrada biblia y amenazar con lanzarla por la ventana. Subió lentamente una ceja extrañada, considerando por un segundo si en verdad él pensaba que algo como un viejo libro que la obligaban a leer en el monasterio tenía algún valor para ella. Quizás la biblia de su madre que conservaba en casa lo tuviese, las cartas de Luca en su maleta, la foto de ambos hermanos que llevaba en un colgajo alrededor del cuello… pero no ese libro. Podía conseguir una docena de ellos tan pronto se bajara del tren si así lo quería.

El tema era otro. Él quería una disculpa y ella jamás se la daría. No obstante, pero sería interesante ver hasta qué punto estaba dispuesto a llegar para obtenerla de ella.

―Lánzala lo retó sonriente, sabiendo que estaba en una mejor posición que él en ese juego. Había vivido con Luca toda su vida, quien constantemente la retaba a hacer cosas sólo para demostrar cuál de los dos era el mejor. Ella sabía cómo funcionaba la mente de los chicos en esas situaciones. No me disculparé. Ja-más se puso de pie y se paró frente a él, cabello rojizo desordenado por el viento que entraba desde la ventana, ojos risueños y gestos burlones. Ese libro no significa nada para mí. Por otro lado… dio un paso al frente quedando cerca de él, demostrando que su presencia no la intimidaba en ese juego de orgullos. ¿Esto significa algo para ti?

Metió su mano dentro de una de sus mangas y sacó los cuatro boletos de tren, estampados en brillante tinta roja con el destino, las comidas que recibirían, el derecho a poder utilizar esa bonita cabina privada y los horarios de salida y llegada. En algún momento, precisamente antes que fuesen a servir el té con las galletas, vendría el chico de los boletos pidiéndoles a ambos que le enseñaran que habían pagado por esos privilegios. Pero, si no tenían los boletos, Aiden sería expulsado del tren, no sin antes recibir una buena golpiza por polizón. Ella no tendría ese problema, pues llevaba dinero consigo, joyas finas alrededor de su cuello y aretes de perlas. Aiden perdería el viaje, no recibiría su paga por acompañarla y muy probablemente se quedaría sin comer el resto del día.

―¿Entiendes tu precaria situación, mon chéri? sí, la biblia no significaba nada para ella, pero tampoco quería que él creyese que había logrado irritarla con eso―. Sin boletos, te bajarán del tren. Yo puedo volver a pagar mi asiento, ¿Sabes? Tú no ―le causaba un extraño sentido de importancia ponerlo en su lugar. Ella había sido amable con ese sujeto, le había ofrecido chocolates, pagado su boleto, incluso le daría un poco de dinero porque pensó que quizás lo necesitaba y él había sido un idiota. Bianca valoraba mucho la lealtad y él la había utilizado sin darle nada a cambio a modo de gratitud por su buen actuar. Ni si quiera las gracias―. Te harán bajar y te darán una golpiza por intentar pasarte de listo. Lo sé, porque lo he visto antes. Así que, ¿Por qué no me pides disculpas a , yo las acepto, y nos sentamos a esperar que traigan los petit fours con el té? Puedes arrojar la biblia de cualquier modo sólo para sacarte ese deseo impregnado en tu mirada de ofenderme o lastimarme. No me importa en lo absoluto que lo hagas. Ahora, discúlpate. Di "Lo siento, Madame".    
 
Sonrió nuevamente de forma burlesca. Había ganado y lo sabía. Él no podría rechazar lo que le ofrecía y la lógica en su argumentación. Sólo le quedaba pedirle disculpas y sentarse a esperar el té.
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Re: Una velada en el ferrocarril hacia Napoli

Mensaje por Aiden el Sáb Dic 29, 2018 3:59 pm

—No haré tal cosa —respondió ofendido por la forma en que Bianca se dirigía a él, como si estuviese menospreciándolo por su condición. Por el simple hecho de llevarle la contra a la jovencita pelirroja, Aiden arrojó la biblia dentro de la cabina para que se deslizara con fuerza justo a un lado de la chica. Le ofendía aun más su orgullo el hecho de que su truco no hubiera funcionado y que Bianca respondiera con indiferencia a la amenaza. No sólo eso sino que seguía sonriendo como si se sintiese la ganadora de aquella absurda discusión. Le irritaba en demasía esa sonrisa.

Estaba en un dilema, una situación de la cual no podría salir fácilmente. Era disculparse con la chica o que esta estropeara los boletos y que lo bajaran del tren. Pero disculparse no estaba en sus planes, su orgullo se lo impedía. Jamás se había disculpado, no planeaba hacerlo y mucho menos de la forma en que se lo exigía la muchacha, desde su punto de vista eso era humillarse. De hecho, prefería mil veces recibir una paliza antes que tener que disculparse por algo de lo que no había sido enteramente culpable. Ya había pasado cosas peores que ser golpeado o echado de un lugar antes.

—Además, ¿por qué debería disculparme? Tú empezaste, deberías hacerlo primero —masculló cruzándose de brazos y desviando la mirada con la mueca de enfado todavía en el rostro. No tenía miedo de lo que la chica pudiese llegar a hacerle. Las circunstancias de su vida le habían enseñado a no temerle a nada ni a nadie—. No creas que porque tienes un montón de joyas y dinero voy a tenerte miedo. ¿Qué piensas hacer con esos boletos? A mi me da igual, nadie va a lograr que me mueva de aquí de cualquier forma. —Volvió a desafiarla aún sabiendo del riesgo que corría. En realidad no le daba completamente igual, pero era su orgullo que le impedía rendirse en ese asunto. Y debía admitirlo, aunque era una posibilidad y aunque la hubiera visto arrojar la caja de chocolates por la ventana anteriormente, dudaba que se atreviera a hacer lo mismo con los pasajes del tren.
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Re: Una velada en el ferrocarril hacia Napoli

Mensaje por Bianca el Sáb Dic 29, 2018 8:29 pm

Bianca movió lentamente la mirada al lugar en donde había caído su biblia dentro de la cabina y se relajó levemente. Podría haber lanzado todos los pasajes en ese preciso instante sin ninguna consecuencia para ella. No obstante, sentía que algo dentro de la mirada altanera y desafiante de ese chico había cambiado. No podía explicar por qué podía leer a las personas frente a ellas como libros, pero por algún motivo sentía lo mismo que ellos con tan sólo verlos. Él no estaba actuando de forma grosera a propósito, sino porque se sintió acorralado y su orgullo se lo había exigido. Era como un niño pequeño en tantos sentidos que creyó que quizás era mejor comenzar a tratarlo como tal. 

Movió su mano dentro del vagón y dejó los cuatro boletos sobre el asiento, caminó hasta Aiden y puso su mano sobre el mentón del joven sin pedirle permiso y sonriendo ampliamente. 

Discúlpeme mademoiselle Bianca por ser tan grosero y desconsiderado ―imitó la voz de Aiden mientras movía su mandíbula suavemente de arriba abajo, como lo hubiese hecho si él fuese un títere y como tantas veces hacía con Luca cuando él no deseaba disculparse―. Sus chocolates estaban deliciosos y fue muy amable en dármelos ―volvió a utilizar su voz sonrojando alegremente―. ¿En serio? ¡Verdad que sí! Los compartí contigo porque te veías hambriento y no quería que el viaje te resultara algo desagradable ―volvió a utilizar la voz de Aiden entonces y a mover su mandíbula―. ¡Que tonto fui por hacerla sentir mal! Me gustaría mucho compartir el té con usted porque es muy bonita, simpática y agradable, mademoiselle ―Bianca utilizó nuevamente su propia voz soltando el mentón del joven―. ¿Usted cree? Que amable de su parte decirlo. El té me parece una idea excelente, seguramente traigan petit forts y otras delicias y cosas con crema y mermeladas y mucho chocolate –Bianca ya podía saborearlo todo-. Disculpas aceptadas. Eres muy agradable cuando quieres serlo. ¿Ves que no era tan difícil, pequeño Aiden? 

Bianca se sentó en su asiento y le sonrió para luego mirar por la ventana. A pesar de que todo era bromas, juegos y risas en ese momento, cuando llegara a Sicilia tenía un funeral al cual asistir y a dos hermanos a los que consolar. No entendía por qué la muerte de su padre no le estaba afectando como pensó, ¿Por qué no estaba deshecha en lágrimas? ¿Por qué no deseaba saber más sobre su fallecimiento? No lo comprendía. Simplemente había aceptado que estaba muerto y que ahora estaba, probablemente, a la deriva por el mundo. 

Estaba sola. 

Luca se avergonzaba de lo que sentía por ella, no se la llevaría de Sicilia, no abandonaría jamás a Mateo. Ella lo sabía, lo había aprendido a aceptar durante el transcurso de los años. No importaba cuanto lo amara, no sería suficiente para que Luca caminara de su lado con la cabeza en alto y sin avergonzarse de ello. Y no podía esperar otra cosa, ¿Dos hermanos enamoramos? Era una aberración. Por otro lado, Mateo se había vuelto alguien que amaba tanto como temía. Sólo pensar en que tenía que pararse frente a él y mirarlo a los ojos y preguntarle qué había pasado en verdad con su madre hacía tantos años la angustiaba al punto de querer echarse a llorar. 

Justo en ese momento una mujer regordeta entró a la cabina, dejando entre ellos el carro con agua caliente, té, leche, crema, y todo tipo de pastelillos que su dinero habían comprado antes de subir. Los petit forts estaban montados en platillos en una torrecita y seguramente se podrían divertir por horas comiendo y charlando si él dejaba de ser tan desagradable con ella y le daba una oportunidad para llegar a conocerlo. Quien sabe, ¿Quizás podían llegar a ser amigos antes de bajarse de ese tren? Bianca sonrió mientras pensaba en aquello bebiendo su té.

―Si le pones un poco de leche, queda muy suave y agradable para luego dormir ―le aconsejó, supuso que ese jovencito no sabía nada sobre el arte del té―. Prueba los macarrones, están especialmente divinos. Y esos mazapanes en forma de fresas estan rellenos con licor de cereza, que escándalo. 

Intentaba ser amable. Le faltaban amigos en su vida. La mayoría del tiempo se sentía extrañamente sola. Era difícil vivir en un lugar en donde su amado se avergonzaba de lo que sentía por ella, y su hermano mayor pretendía que ella no existía. Cuando se marchó a estudiar en el convento del Sagrado Corazón creyó que con tantas personas nuevas por conocer no se sentiría tan sola en París. Pero su situación no había cambiado mucho. A pesar de tener amigas y estar siempre rodeada de gente, sentía que faltaba algo en su vida. 

Probablemente era Luca. Y Mateo. Por mucho que las relaciones entre ellos fueran un caos, los necesitaba con ella y le desgarraba el corazón estar alejada de ellos. 

―Creo que queda al menos un día para que lleguemos ―suspiró bajando la taza de té-. ¿Tienes donde quedarte en Napoli, Aiden? Nunca me dijiste a qué vas para allá. 
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Re: Una velada en el ferrocarril hacia Napoli

Mensaje por Aiden el Miér Ene 02, 2019 11:37 am

Suspirando resignado Aiden se sentó en el sofá, de brazos cruzados y evitando mirar a la muchacha. Aunque al principio le había sorprendido la respuesta de la pelirroja, todavía se sentía ofendido de que lo tratase como un niño pequeño. Él estaba convencido de que no lo era, aunque a veces actuase como tal. Pero quizás se debía a que no había podido disfrutar de una infancia normal como cualquier chico. No era su culpa.

Al parecer Bianca no tenía intenciones de seguir discutiendo. Aiden odiaba tener que hacer las paces siempre que peleaba y aceptar que había sido en parte su culpa. Era una situación difícil para alguien como él. En ese momento recordó cuánto le desagradaba relacionarse con otras personas pues sentía que nadie podía comprenderlo y tolerar su carácter tan peculiar. Sin embargo, la chica se estaba esforzando tanto en ser amable con él que creyó que quizás debía ignorar la voz en su cabeza que le decía que siguiera buscando pelea y esforzarse por hacer más ameno el viaje… aunque su instinto conflictivo le dijese lo contrario. Le costaba mucho, demasiado, estar calmado y tranquilo.  

Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando llegó alguien trayendo la comida. Aiden alzó la vista y observó con curiosidad. Todo lucía delicioso desde allí, y considerando que tenía un hambre atroz, la idea de abalanzarse sobre los pastelillos y postres era tentadora, mucho más que el té.

—Imagino que sabe mucho mejor con leche. —opinó tras el consejo de la chica, agregando un poco de leche a la taza. La idea de tomar té solo no sonaba muy atractiva para él. Los macarrones lucían tentadores a la vista, así que le hizo caso a Bianca y empezó por ellos, tomando varios y devorándolos con gusto sin preocuparse de los modales. Se notaba que estaba hambriento.  

—Hay alguien esperándome allá. Pienso quedarme en Napoli por un tiempo —se detuvo para contestar la pregunta de la chica y no tardó en meterse otro de esos deliciosos pastelillos en la boca. Aiden no era alguien muy hablador pero aun quedaba un día de viaje y resultaría incómodo estar todo el tiempo callados—. ¿Y qué hay de ti? ¿Qué hace una chica como tú yendo de un lado al otro sola? —preguntó después con curiosidad. Bianca se veía muy joven desde su punto de vista. Y ver a una joven dama que parecía ser alguien de dinero manejándose sola y sin ningún tipo de compañía o alguien que hiciera las cosas por ella le resultó extraño.

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Re: Una velada en el ferrocarril hacia Napoli

Mensaje por Bianca el Miér Ene 02, 2019 6:34 pm

Mientras bebía té como una señorita, o como pensó lo hacían el común de los mortales, observó que Aiden devoraba lo que había frente a él sin importarle demasiado los modales o las buenas costumbres en la mesa, ignorando tenedores, cuchillos o platos. Pudo bromear y decirle que los servicios frente a él tenían un propósito, pero pensó que eso sólo lo haría sentir peor y podría volver a molestarse con ella. Lo que menos quería era armar una enardecida discusión entre ambos nuevamente y ya había tenido suficiente de eso. Bianca no era una muchacha arrogante, ni mucho menos una que se jactara de su condición social. Por el contrario, siempre hacía buenas obras y se preocupaba de los más desafortunados realizando caridad tanto en Sicilia como en el convento. 

Por un momento se sintió bastante mal por juzgar los modales y orígenes de Aiden. Ella había tenido una educación privilegiada con institutrices y damas de compañía que le decían exactamente qué hacer en esas circunstancias. Mientras Luca aprendía de número, ella estaba obligaba a bordar. Mientras Mateo acompañaba a su padre en sus negocios, Bianca se quedaba aprendiendo el número de copas que debía llevar la mesa y qué vino se servía en cada una de ellas. ¿Cuántas veces había estado tardes enteras practicando cada uno de los movimientos para servir el té como si se tratara de una clase de baile? Servilleta en el regazo, guantes fuera, manos en la mesa, espalda derecha, sonrisa, golpe en una de sus manos por posicionarla mal, tenedor para postres primero, otro golpe en la mano por tomar el tenedor equivocado. 

Cuando era pequeña todas esas clases de etiqueta habían sido agotadoras, dolorosas y extremadamente aburridas. Como le hubiese gustado ser como Aiden y que ese tipo de cosas no le molestara en lo absoluto, que pudiese comer con la boca llena y mascando con ésta abierta, sorbiendo el té sin importarle lo desagradable que ese sonido podía ser para una dama, metiéndose tanta comida como pudiese en la boca sin pensar que “una señorita debía comer como un pajarito frente a otros”. 

Entonces, miró un pastel con crema frente a ella y bajó el tenedor, estiró con algo de miedo su mano y lo tomó con ésta creyendo que estaba realizando un gran pecado y que todas sus institutrices estaban gritándole al mismo tiempo lo horrible que se estaba comportando. Pero no le importó. Llevó el pastelillo a su boca y le dio un mordisco escurriendo la crema por los bordes manchándole las mejillas y parte de su ropa. Miró a Aiden y rió, creyendo que si los dos comían de la misma manera él no se sentiría menospreciado y quizás podrían comenzar a hablar sin que él pareciese incómodo en su presencia. 

―Creo que es mejor para mi familia que yo viva así, de un lugar para otro. Me he vuelto un problema para las personas que amo ―le dijo intentando limpiarse con una servilleta de tela que había en su regazo―. Ellos viven en Sicilia, cerca de Palermo. Ahora que mi padre ha fallecido, supongo que sólo me volveré una carga para mis hermanos mayores. No me gustaría importunar sus vidas con mi retorno, pero temo que si volviese a vivir con ellos, sólo causaría problemas. 

Pensó en las molestias que le causaría a Luca tenerla ahí todo el tiempo, en las miradas incómodas, en los silencios entre ambos, en estar los dos solos en esa enorme casa viviendo en secreto su vergüenza sin poder hacer nada para evitarlo. Si Mateo se llegaba enterar… ya no eran niños. No podían decir que había sido sólo un juego o un error que habían cometido por curiosidad. Venía pasando por años ya. Ella lo amaba y él la amaba de vuelta, no como hermanos, sino como un hombre a una mujer. Con su padre muerto la casa sería prácticamente solo para ellos dos. Sólo en pensarlo se le revolvía el estómago en nerviosismo, ella no podía ni tampoco quería alejarse de Luca. Si lo tenía cerca sería un festín de perdición vivir en esa casa. No quería seguir causándole problemas a la persona que amaba, ni mucho menos que Mateo se llegase a enterar de lo que ocurría entre ambos. Habría sido demasiado tener que mirarlo al rostro y explicarle que desde los catorce años... ni si quiera podía pensar en eso. 

―Seguramente después del funeral vuelva al Sagrado Corazón y tome los votos en el claustro, ahora que me acerco a la edad prudente para eso.

Lo había discutido ya con la madre superiora y ella parecía estar de acuerdo, sobre todo porque cualquier herencia que le correspondiese a Bianca pasaría directamente al convento una vez ella tomara los votos sagrados y se convirtiera en una más de las esposas de Jesucrito. No era una devota católica y se sentía sucia e impura cada vez que la obligaban a confesarse, ya jamás había podido hablar de aquel secreto que mantenía oculto en su corazón y que había consumado tantas veces con su hermano. Pero si tomar los votos significaba no humillar a Mateo y Luca, lo haría. Podía sacrificar su vida a eso si así protegía a su familia. 

―¿Quién te espera en Napoli? ―le preguntó de la nada, intentando olvidarse del pesar en su alma―. ¿Una joven? Espero que le compres flores cuando llegues a verla. A las damas les encantan las flores. Y que sean rojas, pues significa amor y pasión ―le dijo entusiasmada, le encantaba las historias de amor y Aiden parecía de la edad suficiente como para estar viajando por amor―. En todo caso, Aiden, si alguna vez necesitas trabajo o un lugar para quedarte, puedes buscar a mi hermano. Es una persona muy conocida y prestigiosa en Sicilia con importantes negocios. Siempre está buscando jóvenes fuertes y energéticos para trabajar con él. Su nombre es Mateo Aunonte. Te escribiré una carta de recomendación antes de bajarnos del tren. De seguro mi hermano puede encontrarte una buena posición para trabajar con él. Si alguna vez lo necesitas, claro. 

Bianca no sabía si lo volvería a ver, pero en caso de que necesitara ayuda podía pedírsela, aunque no luciese como el tipo de chico que pidiese ese tipo de cosas. De cualquier forma antes de irse le dejaría una carta de recomendación, el nombre Aunonte era importante en Silicia, Palermo, Napoli y los alrededores. Mateo podía encontrarle un buen puesto si ella alababa sus talentos en una carta. 

La mañana pasaba rápidamente entre el té y los bocadillos. Pronto anochecería y llegarían a destino si seguían comiendo y hablando despreocupadamente como lo venían haciendo hasta ese momento. 

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Re: Una velada en el ferrocarril hacia Napoli

Mensaje por Aiden el Lun Ene 07, 2019 10:40 am

—¿Así es como se supone que comen las damas de tu clase? Porque no eres muy buena en ello. —comentó el rubio con respecto al intento fallido de Bianca por tomar el pastel con la mano. El tono de su voz podía sonar un poco serio y sus palabras ásperas, sin embargo su comentario iba en broma. Sí, su sentido del humor era un tanto particular puesto que ni siquiera se reía. Pocos llegaban a entenderlo.

Aiden siguió probando las delicias que estaban frente a él mientras Bianca le hablaba de su familia. Aunque no lo mostró en su expresión, que se deleitaba con el dulce de los postres —no era particularmente amante de los dulces, pero el hambre superaba cualquier preferencia—, le sorprendió escuchar sobre la situación de la pelirroja. Cuando pensaba en una familia adinerada, lo primero que venía a la mente del rubio era orden y perfección. Pero no parecía ser el caso de Bianca. Por lo que veía, la chica no tenía mucho autoestima y sus hermanos no le ayudaban demasiado.

—¿Problemas? —dijo alzando una ceja incrédulo ante lo que decía la jovencita—. No pareces la clase de chica problemática. Y créeme que he conocido gente problemática. —Comparado con sus experiencias, aquella jovencita podía parecer cualquier cosa menos problema. Bueno, admitía que las cosas no habían empezado bien entre ellos, pero en parte era debido a su propia personalidad. Después Bianca quiso saber quién lo esperaba en Napoli, preguntándole si se trataba de una joven. Aiden primero se sorprendió y la observó, después tomó una actitud defensiva.  

—¿Qué dices? No, no es eso que crees —Esas tonterías del amor le resultaban demasiado cursis, era vergonzoso y no era su estilo—. No me interesan las tonterías cursis del amor y esas cosas. Es sólo un conocido que me debe algo, y llevo tiempo queriendo salir de París así que aprovecharé la oportunidad. No me agrada quedarme en un solo sitio. —le respondió para después, en un brusco movimiento, darle una mordida a un pastelillo que tenía en su mano.

La siguiente propuesta de la chica sonaba tentadora, lo hubiera sido para cualquiera que la oyera. Trabajar para alguien de tanto renombre e importancia como parecía ser el hermano de Bianca era una oportunidad como ninguna otra que hacía pensar en fama y mucho dinero. Pero a Aiden poco le importaba el dinero y mucho menos la fama, no era la clase de chico que aceptaba esa clase de trabajos a menos que no tuviese otra opción.

—Pues suena interesante, seguro que cualquiera lo aceptaría sin pensarlo —le respondió, pero como siempre, aceptar ayuda era algo que iba en contra de sus principios—. Pero no es algo que necesite con urgencia. Puedo arreglármelas por mi cuenta. —dijo, sintiéndose levemente ofendido, aunque le causaba curiosidad. Mateo Aunonte. Quizás en algún momento se aventuraría a averiguar más al respecto.

Después de haber vaciado su taza de té y probado de todo un poco, terminó su comida y se dejó caer contra el respaldar.

—Tenía tiempo sin probar una buena comida —comentó más para sí, cerrando los ojos y suspirando—. Estoy tan cansando. —dijo finalmente, soltando un sonoro bostezo.
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Re: Una velada en el ferrocarril hacia Napoli

Mensaje por Bianca el Mar Ene 08, 2019 7:10 pm

Bianca infló las mejillas para luego reír suavemente ante la broma de que una dama de su clase no debía comer así. Cualquiera no habría entendido que lo decía para molestarla, pero ella sí. Luca lo hacía todo el tiempo. Era una cosa de niños, supuso, eso de decir comentarios para irritarla, pero esperar que se lo tomara con humor.

―Intentaba animarte ―dijo despreocupadamente mientras le daba otro bocado a un mazapán―. Espero que no te moleste que lo diga, pero pareces el tipo de persona a quien… le hace falta una sonrisa. No eres muy bueno en eso ―le respondió sus propias palabras mientras le daba un sorbo a su té y meditaba un poco lo dicho por él. 

Lo escuchó bostezar y supo que su conversación no iba a durar demasiado tiempo. Seguramente estaba por quedarse dormido durante toda la tarde, el viaje era largo y acaban de tomar un té muy relajante con dulces, leche, crema y otras delicadeces. 

Volvió a pensar en lo que dijo sobre que ella no lucía como alguien problemática, haciéndola ruborizar. Sólo de recordar el tipo de conductas en que había estado involucrada durante esos años con su propio hermano la hacía sentir una intensa angustia sobre si todo lo que había hecho hasta ese momento era un horrible pecado o si por el contrario, dios no podía castigar el amor entre dos personas que se aman de verdad. Por eso creía que ella era alguien problemática, pues había causado en gran medida esa situación para su familia. Si Mateo se enteraba, o cualquiera, no sólo habría sido un problema sino que un motivo para una tragedia.

―A veces las apariencias engañan. Quizás sí soy problemática para los que me rodean y tú no lo ves como apenas me vienes conociendo. Quizás soy una muy mala persona en el fondo ―respondió con solemnidad y un deje de tristeza mientras lo miraba de reojo batallar con el sueño―. Tienes mucha suerte, Aiden. Puedes ir donde el viento te lleve, subirte a un tren y llegar a cualquier destino que escojas sólo porque no te agradaba permanecer mucho en un solo sitio. ¿Sabes lo que daría por vivir así? ―lamentablemente ese no era su caso. Era una señorita de una familia importante, todas las decisiones sobre su vida eran hechas por otros. Incluso tomar los votos sería algo que primero debía consultar con su hermano mayor―. Aunque, para hablar sobre el amor como una tontería cursi, asumo que jamás te has enamorado y en ese sentido, no me gustaría ser como tú. El amor es lo más intenso que una persona puede vivir, ya sea para bien o para mal ―dijo con un tono un tanto triste, ya que el amor podía ser la causa de las mayores felicidades y también de los más profundos dolores―. Quizás si lo hubieses sentido antes, comprenderías de lo que te estoy hablando. 

No hablaron mucho después de eso. Aiden lucía muy satisfecho con el pequeño desayuno que habían disfrutado juntos y pronto entre bostezo y bostezo terminó quedándose dormido en su asiento. Por su parte, Bianca tomó la biblia y se dedicó a leerla en silencio, estudiando sus enseñanzas, recordando las lecciones que había aprendido esos años en el convento junto a las hermanas, intentando convencerse a sí misma de que todo pasaba por una razón incluso la abrupta muerte de su padre. Eso era lo que le habían enseñado, que dios tenía planes para todas las personas y que su voluntad siempre iba acompañada de un motivo mayor. Pero, no podía encontrar un sentido a esa tragedia. Ni si quiera sabía cómo había muerto su padre, ni que circunstancias habían acompañado su abrupta muerte y, impedida de consuelo o respuestas, no pudo evitar llorar en silencio mientras su mirada se perdía por la ventana en los hermosos paisajes de la península itálica. 

En algún punto del viaje entre la respiración tranquila de Aiden, la vibración del tren y el sonido que realizaban las ruedas sobre los rieles se quedó dormida con su mejilla apoyada contra la ventana. No fue un sueño pacífico y sólo tuvo pesadillas de horribles criaturas que la arrastraban al fuego. Sólo despertó cuando el tren sonó fuertemente el silbato y se encontró con la oscuridad al otro lado de la ventana y las tenues luces de una gran ciudad acercándose a lo lejos. 

Era Napoli. Habían viajado todo el día y gran parte de la noche, pero finalmente estaba ahí, en su parada. Observó con cuidado a Aiden y lo tranquilo que se veía durmiendo, tan distinto a ese sujeto huraño y hosco que había sido durante la mayor parte en que estuvo despierto y no pudo evitar sonreír pensando qué horribles vivencias alguien como él hubiese tenido para terminar de un lugar a otro buscando sobrevivir, sin nadie que lo acompañara. Quizás en otra vida, en otra circunstancia o en medio de un sueño, le hubiese dicho que no se bajaran y siguieran en el trayecto hasta que el tren no tuviera donde ir, para seguir por algún camino perdido y así escapar de toda la tristeza que la golpearía al llegar a su ciudad natal. Era muy buena huyendo cuando algo la angustiaba, se había acostumbrado a hacerlo por años. Pero no podía hacerlo en esa ocasión. Su corazón la esperaba en Sicilia, en las manos de Luca, justo donde lo había dejado el último día de verano. Él la necesitaba en ese momento, y seguramente Mateo también, aunque tuviese dudas al respecto. 

Suspirando abrió su maleta, y la foto de ambos hermanos con ella en medio la saludó con nostalgia. Se le llenaron los ojos de lágrimas contenidas al saber que esa noche seguramente estarían velando el cuerpo de su padre y ella no estaba ahí para contenerlos. Tendría que esperar hasta que un Ferry saliera hasta Palermo, sola, en silencio. Sin embargo, no sufría por su padre, sino por sus hermanos y las tristes circunstancias en que se había separado su familia. 

Pronto estarían juntos, se repitió en su cabeza mientras sacaba una esquela para escribir una corta carta en que recomendaba al joven portador de ésta para cualquier oficio, destacando sus cualidades como un hombre honesto, trabajador y esforzado. Firmó la carta con su elegante nombre, Bianca María Aunonte Di Girolamo y la metió a un sobre junto con una importante suma de dinero, casi todo lo que llevaba consigo y que tenía para emergencias, creyendo que en ese momento Aiden lo necesitaba mucho más que ella. Al menos podría pagar la estadia en algún lugar descente, comprarse un atuendo nuevo y comer bien por un par de meses. 

Ni si quiera lo despertó cuando se puso de pie para bajarse. Tomó su maleta, su sombrilla y dejó la carta con cuidado frente a él, despidiéndose con una sonrisa después de mirarlo un momento. Por algún extraño motivo, sintió que no sería la última vez que lo viese y que la historia en el libro que ambos compartían tenía muchas páginas por ser escritas.  Tenía un fuerte presentimiento que sus caminos volverían a encontrarse y que sus destinos estaban entrelazados por algo que ni si quiera lograba entender. 

Justo sobre el sobre, en una esquina escribió "Buona fortuna", para entonces bajar del tren sin voltear. 
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Re: Una velada en el ferrocarril hacia Napoli

Mensaje por Aiden el Miér Ene 16, 2019 5:38 am

Aún adormilado Aiden se volteó sobre el sofá en el cual dormía y sin darse cuenta cayó al suelo. El fuerte golpe lo despertó súbitamente, y cuando abrió los ojos se encontró con que aún estaba dentro de la cabina del tren. ¿Cuánto había dormido? Le tomó unos segundos reaccionar y acordarse de lo que había pasado antes. Sentándose en el piso miró a su alrededor buscando a la jovencita junto a la cual había viajado, pero no había rastros de ella. De pronto su mirada se topó con un sobre, el cual tenía una inscripción que en letras elegantes decía “Buona fortuna”, e imaginó que Bianca lo había dejado ahí antes de marcharse.

Estirando los brazos dejó escapar un sonoro suspiro y se puso de pie. El murmullo lejano de las voces ajenas le llamó la atención. Observó a través de la ventana y notó el paisaje de la estación de Napoli donde una multitud de personas se aglomeraba, unos para recibir a algún familiar que regresaba de viaje, otros esperando para tomar sus pasajes. Bajando la vista miró el sobre con curiosidad. Quería saber de qué se trataba, así que decidió abrirlo antes de bajar del transporte. Lo primero que notó fue una buena cantidad de dinero, lo que hizo que su expresión se transformara en una de completa sorpresa.

—Diablos… —Sí, recordaba que Bianca le había dicho que iba a pagarle si la acompañaba, pero nunca imaginó tal suma de dinero. Dentro del sobre también estaba la carta de recomendación que la muchacha había dicho que escribiría. De todos modos se sintió ofendido. «No debió hacerlo», se dijo. Él recordaba muy bien haberle dicho que no necesitaba ayuda de nadie. Pero de igual manera lo aceptó como una demostración de buena voluntad de la chica, se notaba que era alguien amable que estaba interesada en ayudar a los demás. Volvió a guardar todo en el sobre por si acaso lo necesitaba en un futuro y lo ocultó en el bolsillo de su chaqueta.  

Dio una última mirada a aquel cómodo y acogedor recinto imaginando que no volvería a tener la oportunidad de conseguir un boleto de primera clase en un tren, y sin más, con paso despreocupado se marchó por el corredor preparado para explorar su nuevo destino, una ciudad en la que jamás había estado.
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Re: Una velada en el ferrocarril hacia Napoli

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