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Mansión de la familia Aunonte

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Mansión de la familia Aunonte

Mensaje por Bianca el Mar Ene 08, 2019 9:35 pm

No entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Había llegado en el Ferry esa tarde después de una jornada agotadora de viaje, dispuesta a pagar el transporte hasta su hogar para que alguien le dijera algo sobre su padre o sus hermanos, cuando de pronto tres hombres aparecieron frente a ella.

Se presentaron con respeto, estaban cuidadosamente vestidos de negro. Le dijeron que habían estado esperando por ella desde el día anterior y que debía acompañarlos. Bianca se negó en un comienzo ya que no los conocía y no se subiría a un automóvil con extraños. No obstante, no le dieron espacio para hacer preguntas, ni  tampoco a negarse. De un momento a otro, dos de ellos le sujetaban los brazos y la tironeaban sin que pudiese hacer nada al respecto. No había tiempo ni espacio para desobedecer lo que parecía ser un mandato.  Las personas en el muelle miraron la escena fingiendo que nada ocurría. Podía sentir en el ambiente el miedo que todos los presentes, desde pescadores hasta comerciantes, experimentaban por los hombres que la forzaban a subirse a un automóvil de color oscuro.

―Discúlpenos por la falta de delicadeza señorita Bianca ―dijo el más viejo de los tres que se sentaba en la parte delantera para encender el automóvil―. Pero no tenemos tiempo para explicarle lo que está ocurriendo. Sólo estamos aquí para su protección.

―¿Quiénes son ustedes? ―preguntó aterrada y con lágrimas en los ojos―.  Mi hermano se va a enterar de esto y…

―Fue su hermano quien nos mandó ―respondió el más joven de los tres, un sujeto con una espantosa cicatriz en la mejilla pero tan bien vestido como Luca o Mateo―. Por favor no haga esto más difícil.

―¿Mi hermano les pidió que me  trataran como una mujerzuela? ¿Qué está sucediendo? ―preguntó mientras el motor se encendía y los hombres tomaban su curso sin responderle.

―Es por su seguridad, señorita Aunonte ―le dijo quien estaba a su lado, mirando con recelo por las ventanillas, poniendo una mano sobre los hombros de Bianca y forzándola a agacharse mientras partían―. El Don nos mataría si algo le llega a ocurrir. Nuestra única prioridad es que llegue a salvo a su hogar.  

Ahí, agachada sobre sus propias piernas, Bianca experimentó que el trayecto de treinta minutos hacia las afueras de la ciudad para llegar a su casa se le hacía eterno. Los hombres parecían incluso más inquietos que ella vigilando cautelosos lo que ocurría. Veía que traían armas en sus manos, tal como cuando era una niña y con Luca jugaban en el jardín con hombres apostados a los alrededores. En ese entonces pensaba que era sólo un juego, o quizás una medida extrema de seguridad de parte de su padre, pero ahora con más edad comenzaba a creer que su familia era realmente importante y que su vida era así de valiosa para algunas personas. Sentía que estaban en medio de una guerra y ella era una princesa o duquesa a la que habían que proteger. Siempre supo que eran ricos, pero nunca pensó que eran así de poderosos en Sicilia hasta ese momento.

Cuando el motor se detuvo le permitieron bajarse. El más joven de los hombres llevó su maleta y ella abrió su sombrilla con lágrimas silenciosas aun corriendo por su rostro, evitando que ellos la vieran llorar. No acostumbraba a hacerlo frente al resto, guardaba sus penas para la almohada como toda dama.

―Permítame, señorita Bianca ―el más viejo de ellos le estiró su pañuelo. Ella lo vio extrañada, pero aceptó el ofrecimiento sin palabras, secándose con cuidado las mejillas―. Esas campanas son en nombre de su Padre. Lamento su pérdida ―incluso desde su hogar, que quedaba un tanto apartado de la iglesia de Palermo, podía escuchar el potente sonido de las campanas que seguramente estaban despidiendo a su padre. Tres toques firmes y fuertes, la despedida de un hombre de familia. La tradición así lo dictaba para comunicarle a la comunidad que un funeral estaba llevándose a cabo, aunque seguramente Mateo habría mandado a imprimir en el periodo un obituario como correspondía en esa situación―, y también las circunstancias de este viaje dijo sacándose su sombrero mientras la escoltaba hacia la seguridad de la mansión. Los otros dos permanecían atrás, ajenos a ambos―. En ningún caso hemos querido asustarla.

―Descuide. Entiendo ―respondió con solemnidad mientras veía los limoneros por la calle principal que se extendía un kilómetro y medio por una hermosa avenida hasta llegar a las afueras de la propiedad, rodeado de finas estatuas y fuentes de agua. Cuanto había extrañado ese hermoso paisaje en el cual había crecido―. ¿Dónde están Mateo y Luca?

―El joven Luca y el Don, Maunon The First, se encuentran en este momento en el funeral del señor Mario ―el viejo hombre suspiró con pesar, pronunciando ese nombre con algo de recelo, como si no le supiese bien del todo―. Es una verdadera desgracia todo esto. Ellos hubiesen deseado que estuviese ahí, pero en este momento, es demasiado peligroso.

―¿Maunon The First? ―preguntó Bianca confundida y no pudo evitar notar la mirada nerviosa que se daban entre todos ellos―. He sido realmente paciente con todas sus tonterías hasta este momento. Ahora, exijo que me expliquen qué está sucediendo o haré que se arrepientan hasta el final de sus días por la forma en que me trajeron hasta acá ―demandó Bianca perdiendo la paciencia. La habían arrastrado a la fuerza a un auto, había tenido que esconderse durante el trayecto y ahora le hablaban de alguien que no conocía, ¿Qué diablos estaba pasando?―. ¿Qué sucede para que no me llevaran directamente al funeral de mi padre? ¿Por qué están armados como si nos persiguiera el mismo demonio?  ¿Quién es Maunon The First?

―Su hermano Mateo ha adoptado ese nombre, pero no puedo decir más al respecto, lo lamento mucho señorita Bianca ―la joven frunció el ceño sin comprender, parándose en la puerta principal de su hogar, mientras los otros dos sujetos entraban.

Toda la mansión estaba decorada con enormes listones negros que anunciaban el luto de la familia. No pudo evitar pensar que Luca que se había encargado de esos detalles, así como de las coronas de rosas blancas que lucían solemnes en la entrada. Notó que los cuadros en donde aparecía su padre habían sido retirados como el duelo familiar dictaba, y aunque eso la lastimaba un poco, entendía el motivo para que todas las rigurosidades de la muerte hubiesen caído sobre ellos.

―Lo volveré a repetir ―dijo Bianca respirando para calmarse―. ¿Por qué no puedo ir al funeral de mi padre? 



―Se nos dieron instrucciones muy específicas sobre el cuidado que debíamos darle. Será el Don quien hable con usted personalmente de todo lo que ha ocurrido los últimos días. No puedo decir más que eso, perdóneme señorita Bianca.

Bianca terminó por asentir. Comprendía que esos hombres sólo estaban haciendo su trabajo y que le temían tanto a Mateo como ella. ¿Pero, Maunon The First? ¿Por qué estaban llamando así a su hermano? ¿En qué estaba pensando para haber tomado un nombre como ese? No le agradaba nada todo ese asunto y sintió que la boca se le avinagraba con el mal rato.

―Comuníquele de inmediato a los sirvientes que estoy aquí. Necesito que Gina me asista para cambiarme a un atuendo acorde al duelo de esta familia ―le pasó su sombrilla, sus guantes, su sombrero con flores celestes y también su abrigo al hombre y estiró su mano exigiendo con su mirada que el más joven de ellos le diera su maleta, lo cual éste hizo sin mirarla―.  Quiero que los sirvientes de la casa vistan negro. Se guardará un duelo estricto por al menos un año. Se comerá de forma austera de ahora en adelante hasta que se termine el luto, nada de carnes rojas o comida extravagente. Se rezará el rosario a las nueve en punto todos los días y se mantendrán las flores blancas en todos los floreros de este hogar el hombre asintió a lo que decía―. Comuníquele al ama de llaves que prepare las habitaciones de invitados. Supongo que muchos de nuestros parientes pasarán la noche acá. Deben haber venido desde toda Sicilia para el entierro de mi padre. Y por el amor de dios cubran las ventanas con lienzos negros, ¿Es qué no somos el tipo de familia que puede guardar un luto como es debido? ―El hombre volvió a asentir―. Cirios y velas en el comedor principal para el banquete. Que se note que estamos de duelo por la muerte de mi padre.

―Se hará como usted dispone, señorita Bianca.

Hacía sólo un verano llegaba ahí para pasar sus vacaciones sin importarle nada de lo que ocurría excepto correr hacia Luca. Ahora, volvía a ese hogar seguramente como la ama de casa, la mujer que debía hacer que todo funcionara de forma correcta. Al menos intentaría mantener todo en orden hasta que volviese a París después de un tiempo apropiado de duelo. La tradición dictaba que se cerraran las puertas siete días, pero no estaba segura si Mateo estaría de acuerdo en ello. Al menos Luca y ella podían respetar lo que dictaba las buenas costumbres de Sicilia.

Suspiró mirando todo de un lado a otro. Que grande y vacío se veía ese lugar cuando estaba sola en ella. Observó con lágrimas en los ojos las rosas blancas que decoraban con austeridad pero elegancia los pasillos, en ramos preciosos con cintas negras a su alrededor. Que elegante era Luca, hasta para ese tipo de cosas, pensó mientras con cuidado tocaba el pétalo de una de las flores con sus manos desnudas.

Escuchó el sonido de los preparativos del banquete y supuso que no tenía que hacer demasiado al respecto con ese tópico, pues sus hermanos ya se habían encargado de eso. Debió ser horrible para Mateo y Luca tener que realizar todas las funciones que normalmente le hubiesen correspondido a la mujer de la casa. Pensó si sería buena idea tomar los votos tan pronto, ahora que dependerían de ella más que nunca. Definitivamente tendría que hablar con Mateo al respecto después de que se leyera el testamento de su padre y la nombraran legataria de un tercio de los bienes de la familia Aunonte. Si tomaba los votos, todo aquello terminaría en mano de la Iglesia y estaba segura que su hermano tendrían grandes problemas con eso. Quizás podrían renunciar a su parte y evitar un disgusto entre sus hermanos. Ni si quiera quería pensar en lo que Luca diría al respecto.

―Mario Aunonte merece que lo despidan como es debido ―susurró para sí misma mientras volvía a secarse las lágrimas con el pañuelo que el hombre le había proporcionado―. Veré el resto después.  

Comenzó a subir las largas escaleras hasta llegar al segundo nivel, caminando por el corredor hasta su cuarto. Debía vestirse de negro y guardar sus tesoros en la maleta. Mateo hablaría con ella apenas llegara, estaba segura de eso. Sólo esperaba que Luca estuviese a salvo si a ella la habían tratado de esa manera.
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Re: Mansión de la familia Aunonte

Mensaje por Luca el Sáb Ene 12, 2019 2:20 am

Luca Aunonte
Mayordomo
Gina

Todo le parecía extraño. Al principio trato de verlo como una nueva vida o una nueva verdad frente a sus ojos que debía ser aceptada y que debía de acomodarse en ella. Era como si fuera un juego de cartas y le hubieran dado una mano completamente nueva, pensaba que solo debía hacer una estrategia y observar bien cuales tenía para contestar a cualquier jugada rival. Pero no fue así. Con cada nuevo segundo que el coche se adentraba en la propiedad de los Aunonte Luca recibía imágenes de su infancia junto a su hermana o de las actividades que realizaban en el extenso campo que tenían como jardín. Recordaba pequeñas cosas como los hombres a su alrededor que parecían estar allí porque era su trabajo pero que ahora que Luca sabia la verdad de su familia, tenían un sentido más oscuro y más macabro. ¿Habrían estado en peligro siendo niños e inocentes? ¿Existía alguna persona capaz de asesinarlos mientras que ellos jugaban ajenos a la realidad de sus padres? El joven trago saliva y contuvo un poco esos pensamientos porque el coche freno en el lugar donde solía estacionarse y era hora de bajar del mismo.
 
Su pie derecho fue el primero en hacerlo seguido de un movimiento rápido de su torso que lo impulso para salir completamente. Sintió el frio tacto de las gotas de lluvia en su rostro y deseo no haber tirado su paraguas en aquel ataque de bronca del final del sepulcro, pero no duro mucho tiempo la sensación de agua en su cara pues el chofer le ofreció el suyo para, luego que Luca lo recibiera, meterse en el coche y manejar hasta el garaje. Camino por el camino empedrado que llevaba lejos del césped del jardín y cada vez más cerca de la puerta principal. Podía ver luces en distintos dormitorios encendidos y otras tantas apagadas al igual que movimiento dentro de la casa. Lo que más llamo la atención del joven sin dudas fueron dos situaciones: los empleados del hogar estaban cambiando las cortinas por unas de color negro y la habitación de Bianca tenía la luz prendida.
 
¿Acaso la pelirroja se encontraba allí? El corazón de Luca parecía latir con más fuerza que nunca. ¿Por qué había preferido venir a la mansión en lugar de al entierro de su padre? Intentaba buscar respuestas lógicas en su cabeza sin encontrarlas, cuando suspiro y tuvo en cuenta otras opciones como que quizás estaban adornando de luto su habitación y la luz prendida no era más que una criada aseando o cambiando las cortinas como pasaba en otras habitaciones. Por un segundo la sonrisa se borró de su rostro y el corazón volvió a la normalidad.
 
Los pasos se apuraron más pues pese al paraguas que le habían otorgado, la lluvia ya había sido muy intensa y su ropa estaba toda húmeda y mojada desde el funeral. Incluso se sentía mojado por dentro debido a que debió sentarse con la ropa empapada en el asiento del coche lo que generó una sensación de humedad que no podía tolerar. Odiaba el olor de la humedad, con toda su alma. Llego por fin hasta la entrada principal de la casa, poniéndose bajo cubierto en el techo de la entrada y tocando la puerta para que uno de sus empleados le abriera con un rostro de profunda tristeza y malestar. Se notaba que compartían la pena de la familia casi tanto como ellos, pero lo que llamo la atención de Luca fue que en ellos no sentía falsedad. Realmente estaban mal por lo que estaba pasando la familia Aunonte.
 
Luca saludo con un gesto en la cabeza y recibió una respuesta similar del anciano seguida de una caricia en su hombro. Los guantes blancos del mayordomo se mojaron por la humedad de su ropa y llevaron a que el sujeto pronunciara unas palabras en un tono amistoso y cordial.
 
-Joven Luca, hemos dejado su habitación preparada con ropa acorde a la situación para que pueda cambiarse. Espero que no le moleste que hayamos ingresado durante su ausencia en su recamara pero nos tomamos la molestia porque creímos que necesitaría prendas secas al volver del –hizo una pausa como si le costara decir la siguiente palabra- funeral. Usted sabe, debido a la lluvia.
 
El hombre hablaba con certeza y era totalmente respetuoso. Luca tenía muy buenos recuerdos de él a lo largo de su vida pues hacia bastantes años que servía a los Aunonte. Pero pese a todo ello no podía dejar de preguntarse en su mente si él sabría todo al igual que el resto, Mateo nunca le dijo quienes sabían y quienes no. Lo único que sabía es que se enteró después de mucho tiempo ciego y que Bianca no tenía idea de ello. Pobre Bianca.
 
-No hay problema… 

Dijo casi por inercia cuando el anciano termino de hablar. No estaba del todo de acuerdo en que los empleados tomaran esos preparativos por su cuenta pero no era nada malo después de todo. Además, realmente le vendría bien cambiarse de ropa y ponerse seco porque el entierro estaba terminando y lo más seguro es que Maunon y los Mancini vinieran a pasar la noche en casa. Luca miro al hombre y decidió comenzar a preparar todo para la llegada de sus invitados.
 
-Necesito que estén disponibles y en el mejor estado posible las habitaciones de los invitados. Vamos a tener visitas seguramente esta noche. También…
 
Sus palabras fueron cortadas en seco por las del anciano que por primera vez había usado esa confianza que había entre ambos para atreverse a cortar sus frases.
 
-También quiere que preparemos un banquete amplio y especial para esta noche. Adornado acorde a la dolorosa situación.
 
Luca quedo estupefacto, mirando sin entender al hombre que le había sacado las palabras de la boca antes que pudiera pronunciarlas. El hombre rio repitiendo la acción de acariciar el hombro del muchacho mientras que decidió explicar todo mediante palabras para que Luca saliera de su ensimismamiento.
 
-La señorita Bianca ya dio esas órdenes cuando llego. Debo decir que siempre tuve una gran admiración por la sinergia que hay entre sus pensamientos y los suyos, mi señor.
 
El corazón de Luca volvió a convertirse en un galope de caballos. ¿Bianca estaba allí? Por un momento las preguntas de porque no fue al entierro o de porque ignoro hacerle compañía en ese duro momento se borraron por completo de su mente debido a una enorme alegría que parecía que hincharía el corazón del muchacho hasta explotar. Después de tanto tiempo volvería a verla. Estaba bien, estaba a salvo, en el único lugar en que Luca pensaba que podía estarlo aunque ahora que conocía la triste verdad realmente cuestionaba si alguna vez estarían completamente a salvo.
 
-¿Bianca? –Dijo aturdido, todavía no podía salir del ensimismamiento que tenía ante el anciano- ¿Llegó hace mucho?
 
El hombre mayor negó con la cabeza mientras que se dedicó a contestar las dudas del joven. Luca estaba entusiasmado y sus ojos lo demostraban, tenía muchas ganas de ver a la pelirroja aunque tenía que lamentar que fuera en una situación tan adversa. También tenía que lamentar el hecho de saber que de ahora en más, nunca podría ver esa casa o a su familia con los mismos ojos, pero eso era algo que tenía que tolerar por el bien de todos. No importaba cuanto tuviera que meterse y ensuciarse en los asuntos familiares, si eso aseguraba el bienestar de su amada hermana, lo haría sin pensarlo ni dudarlo.
 
-La señorita llego hace poco menos de una hora, estaba apurada por dejar todo en condiciones para que cuando llegaran del funeral no tuvieran muchas ordenes o trabajo que hacer. Luego subió por las escaleras para alistarse en su habitación –El anciano hizo una pausa, mirando hacia las escaleras. Las habitaciones de los hermanos quedaban en el segundo piso, la de Mateo era la primera del ala izquierda enfrentada con el estudio de Mario, mientras que en el ala derecho se encontraban simétricamente ubicadas las habitaciones de Bianca y Luca. Una puerta daba a la otra lo que facilitaba en las noches las escabullidas de ambos cuando eran chicos ya fuera para jugar o para cambiar de actividad conforme iban creciendo. El anciano siguió narrando los preparativos mientras Luca escuchaba atentamente-  El banquete está preparándose en este momento y el personal se está encargando de dejar todo acorde a la situación de duelo que lamentablemente estamos viviendo. Por cierto joven Luca, déjeme decirle que lo siento mucho y lo acompaño en el dolor.
 
El anciano agacho la cabeza y una pequeña lagrima surco su mejilla cayendo suavemente hasta terminar por morir en su canoso bigote. Sus lentes parecieron empañarse por esto y Luca pudo reconocer, por primera vez desde que se había levantado esa mañana, un llanto por la muerte de Mario que era totalmente autentico. Ese hombre realmente estaba apenado por lo que vivía la familia y eso lleno el corazón de Luca de cariño hacia él. Eran increíbles los sentimientos que podía engendrar un empleado más allá de la lealtad. Luca lo abrazo y contuvo su llanto por un tiempo, algunas lágrimas también se escaparon de sus ojos mientras que lo hacía. Por primera vez, se sintió de duelo. Cuando el hombre pudo contener las lágrimas pidió perdón un exagerado número de veces a lo que Luca le respondía que estaba todo bien y agradecía por sus sentimientos hacia su padre. Sin embargo, no podía perder más tiempo.
 
-En ese caso, considerando que mí adorada hermana no me dejo nada por hacer, creo que iré a prepararme yo también. Daré uso a esa ropa que me han dejado en mi habitación. Te agradecería mucho si cuando baja le haces saber que estoy aquí o en caso que llegue Mateo –Pensó en llamarlo como Maunon pero no le salió- le notifiques que ambos nos encontramos bien y estamos en nuestras habitaciones.
 
El anciano asintió y esta vez fue Luca quien acaricio su hombro para abandonar esa fuerte y emotiva conversación. Subió escaleras arriba haciendo un esfuerzo por mover sus piernas con ese pantalón mojado que hacia cada vez más peso. Llego hasta su habitación pero antes de entrar por la puerta volteo y miro la puerta de Bianca. No podía creer que estuviera allí por fin, a tan pocos metros de él. La puerta se abrió de golpe al salir Gina que se sorprendió al ver al joven y dejo la puerta abierta lo suficiente para que Luca viera a su hermana vestida de negro y de espaldas, resaltando por su cabellera roja.
 
-Amo Luca…
 
Pronuncio la joven, y no dijo nada más. Luca no pudo contestarle, solo miraba en dirección a la muchacha que amaba con el corazón latiendo a mil y la respiración entrecortada. Ella no sabía nada.

Off-Rol: No le puse nombre al viejo porque soy malo con los nombres, pero es el clasico mayordomo viejo que toda familia rica tiene. 
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Re: Mansión de la familia Aunonte

Mensaje por Bianca el Sáb Ene 12, 2019 4:47 am

Gina había encontrado un vestido apropiado, negro, liso, con pequeños encajes de hilo oscuro en las mangas  y que se cerraba con grandes botones hasta su cuello. Era elegante, sencillo y algo que seguramente tendría que vestir al menos hasta que finalizara la velada. Bianca tuvo que contener la respiración mientras Gina ataba con fuerza el corsé  para que el vestido le entrara y terminó de abotonar todo en su lugar después de batallar con eso por al menos veinte minutos. Con suerte se lograría sentar en un atuendo como ese, pero no podía quejarse considerando lo inesperado de todo aquello. Había crecido demasiado ese último tiempo para la ropa que había usado hacía tres años y sus atuendos diarios eran demasiado pomposos para una familia que acababa de perder a uno de sus miembros más importantes y queridos.

Estar ahí la hacía sentir una horrible presión en el pecho. Una tristeza enorme la acongojaba, aunque se negaba a llorar frente a Gina. No solía llorar frente a nadie, a decir verdad, ni si quiera frente a Luca quien era la persona en quien más confiaba. Pensaba que era de mal gusto que una mujer mostrara sus lágrimas frente a otros, la hacía lucir débil, patética y vulnerable, algo impropio de una dama. Su madre se lo había dicho cuando era pequeña y la encontró llorando por alguna tontería: las damas no debían llorar frente a nadie, las lágrimas se reservaban para la almohada. Desde entonces no solía llorar frente a otros, excepto en ese vagón de tren, mientras venía en el camino, sobrecogida por la emoción de haber perdido a su padre. Por lo general cuando algo la acongojaba al punto en que debía llorar, se encerraba en su pieza y ahogaba sus sollozos contra la almohada.  Un horrible miedo se había generado en ella de que alguien amado la viese llorar y la considerara patética. 

Pensó en su padre entonces, mientras ese deseo latente de sollozar le aprisionaba el pecho. Recordaba en él a un hombre cariñoso que corría a abrazarla para luego cargarla en sus hombros de un lugar a otro por los pasillos de su hogar. Un ser tan amado para Bianca, que la llenaba de pequeños presentes y que la besuqueaba soplándole las mejillas al crecer. Su infancia había sido extremadamente feliz gracias a que siempre se sintió amada. No podía culparlo por su abrupto cambio después del fallecimiento de su madre, ni tampoco podía pretender entender qué se había quebrado entre él y Mateo. No sentía rencores por su negligencia con su madre, con ella y Luca, por el contrario, estaba agradecida de todo el esfuerzo que hacía para pasar tiempo con ellos a pesar de ser un hombre tan ocupado. Cada vez que lo necesitó, su padre la había apoyado, incluso cuando vio la desesperación en sus ojos para alejarse de ese hogar y accedió a que estudiara durante toda su adolescencia en un lugar tan lejano como París. Su único arrepentimiento era no haber sido una mejor hija y cargar con ella ese pesar de que todo ese tiempo mientras su padre se desvivía por darle una vida como la que llevaba, ella deshonraba el nombre de la familia entregándose a una pasión desmesurada junto a Luca.

Prefiero que hayas muerto ahora, a que algún día te enteraras de eso, Papá ―pensó con labios temblorosos que contenían lágrimas. No lloraría, no frente a Gina, ni nadie―. Al menos no tendrás que vivir con el dolor de saberlo.  

Las tradiciones mortuorias continuaron en su habitación mientras caía la noche y de a poco se iluminaban las habitaciones que serían utilizadas por los familiares que habían venido desde lejos para el funeral de Mario Aunonte. Sentía algunos pasos por el corredor de aquí para allá, mientras encendían las chimeneas y llevaban braseros para entibiar la humedad de esa lluviosa y melancólica velada. Se había sentado al menos una hora mientras Gina llenaba su cabeza de horquillas y le tomaba el cabello en un intrincado moño a la altura de su nuca. Era un peinado de mujer, de duelo, bastante alejado a la moda Parisina que acostumbraba usar. Era lo único que realmente podía hacer en ese momento por sus hermanos, no darles la decepción de verse fuera de lugar en medio de semejante tragedia.

Se puso de pie y se miró al espejo mientras Gina escogía una capelina estilo bonete de color negro, pequeña, redondeada y apegada a la cabeza, con una cinta de seda a su alrededor y que se cerraba en un listón bajo el mentón. La mujer lo dejó sobre su cama y Bianca no pudo evitar agradecer que estuviese lista para marcharse. Le dio la espalda para mirar por la ventana y dejó de contenerse más, dejando caer gruesas lágrimas mientras observaba como las gotas de lluvia golpeaban contra el cristal, cuando de pronto el sonido de las puertas abriéndose junto con la voz de Gina hizo que su corazón se saltara un latido.

―Amo Luca… ―dijo Gina sorprendida, pero nada más.

Bianca ni si quiera se atrevió a voltearse, porque ya sabía qué había ocurrido. Luca estaba al otro lado de la puerta y Gina se había sorprendido tanto como ella de que así fuese. Llevó con rapidez sus manos enguantadas en negro al rostro y se secó las lágrimas que la mortificaban tanto en ese momento.

―Retírate, Gina.

Gina tendría un poco más de catorce años y en muchos sentidos era más una niña que una sirvienta. Tenía un espeso cabello oscuro, pecas en las mejillas, una nariz graciosa y la frente amplia.  Bianca la consideraba una jovencita atolondrada ya que provenía de una zona rural bastante alejada de las grandes ciudades. Sus padres en algún momento habían decidido que no podían alimentarla y la mandaron a trabajar a Palermo, en donde por algún motivo había sido acogida en su casa por ser sobrina de un empleado más antiguo que se encargaba de las caballerizas. La pobre apenas sabía comportarse alrededor de ellos y se sentía tan intimidada en ese hogar que evitaba mirar a las personas al rostro. La había escogido como su sirvienta personal precisamente porque era demasiado estúpida. No quería personas inteligentes o perspicaces cerca de ella.

―Sí señorita Bianca, permiso ―dijo la joven bajando el rostro frente a Luca y escabulléndose por el corredor como si hubiese visto un fantasma.

Bianca se volteó lentamente con la mirada fija en el suelo cuando no hubo más palabras. Su corazón latía con tanta fuerza que apenas logró levantar el rostro para comprobar que efectivamente, Luca estaba ahí, como tantas veces lo había soñado e imaginado en esos meses de separación. Con los labios fruncidos y temblorosos de angustia observó a su hermano y estudió su apariencia. Estaba empapado, con su traje más elegante completamente arruinado, cabizbajo y con los ojos rojos de tanto llorar.

―Luca ―murmuró con un hilo de voz intentado consolar esa profunda tristeza que le comunicaban sus ojos, incapaz de armarse de fuerza para decirle algo que importara o que valiera la pena de decir. Volver a verlo después de tanto tiempo de separación se sentía como despertar de un letargo prolongado en que todas sus emociones colapsaban en su pecho como si no cupiesen todas juntas ahí―. Te extrañé tanto, Luca ―sin poder contenerse más corrió hacía él sin importarle su peinado ni su vestido apretado y se lanzó entre sus brazos para rodearlo con los suyos, encontrando consuelo teniendo su mejilla contra su pecho―. Papá falleció y lo único que podía pensar durante el trayecto a Sicilia era que por fin podría verte de nuevo. Vine tan pronto recibí tu telegrama. Lo siento, Luca. Debí estar aquí contigo. No puedo si quiera imaginar todo lo que tienes que haber pasado estos días, solo ―sí, decía solo, porque Mateo era alguien que no pasaba tiempo en ese lugar. Luca vivía ahí prácticamente por su cuenta―. ¿Qué fue lo que pasó? Ni si quiera me dejaron ir a su funeral. Dijeron que era demasiado peligroso asistir a su entierro. Me trajeron directamente acá desde el muelle de Palermo. Eran unos tipos que…  

De pronto Bianca se detuvo de golpe. ¿Estarían si quiera a salvo hablando con completa honestidad el uno con el otro si los hombres de Mateo, esos matones que la habían arrastrado al automóvil, estaban rondando los pasillos? No lo pensó dos veces, porque quería que le dijera todo lo que estaba ocurriendo y que esos sujetos se habían negado en decir, por lo que tomó el brazo de Luca tironeándolo dentro de la habitación y cerrando la puerta tras ella.

―Luca, tengo miedo ―le dijo con completa sinceridad―. Tengo mucho miedo ―lo abrazó nuevamente y esta vez tembló entre sus brazos―. Dijeron que Mateo me hablaría sobre lo que ocurrió con Papá y que ahora se hace llamar una estupidez en inglés que no tiene sentido alguno para mí. Pero no quieren decirme nada ―Bianca retrocedió suavemente para mirarlo al rostro―. Los hombres que me recogieron en el muelle fueron muy bruscos conmigo. Y estaban armados. Pensé que me matarían. ¿Por qué Mateo mandaría hombres así por mí? ¿Dónde está él?

Bianca lucía extremadamente triste y angustiada, pero más que nada, temerosa. Su corazón latía tan rápido que seguramente Luca lo sentía golpeando contra su propio pecho. Todo en ella denotaba que estar en ese lugar le resultaba una experiencia que la llenaba de ansiedad y por lo mismo su respiración salía entrecortada de sus labios y sus manos tiritaban al aferrarse a la espalda de su hermano.

―Tuve tanto miedo de no volverte a ver. Moriría si algo te llega a pasar, Luca. 
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Re: Mansión de la familia Aunonte

Mensaje por Luca el Lun Ene 14, 2019 3:20 am

De repente allí estaba. Tan radiante y angelical como siempre. Con sus ojos verde que llenaban de emoción y sentimientos al muchacho. Gina, la pequeña sirvienta que ella misma había elegido como asistente personal había descubierto al joven frente a su puerta y ahora recibía la orden de retirarse mientras que saludaba con un gesto de su cabeza a Luca y él correspondía el saludo de la misma forma. Una vez que se retiró se quedó mirando hacia donde estaba su hermana, viendo como llevaba sus brazos hacia su rostro quizás para secarse las lágrimas de tristeza que debía sentir. Ella era orgullosa, Luca lo sabía bien, no se dejaría ver llorar por nadie de la familia porque no era así.
 
Se dio media vuelta, el color negro realmente le quedaba bien debido a su piel blanca y a su color de cabello rojo como la sangre. No pudo evitar sentirse atraído por ella, aunque eso lo hiciera sentir culpable debido a que la ocasión no era nada permisiva para sentir ese tipo de sentimientos. Debía estar triste, devastado por haber perdido a su padre de forma tan grotesca e injusta, pero simplemente con Bianca allí adelante todo eso se desvanecía por completo. El negro le quedaba perfecto y Luca tuvo otro pensamiento inapropiado, imagino que de esa forma se vería cuando tomara los votos. Eso le dolía en lo profundo de su corazón pero quizás fuera lo mejor para ambos pues, lo que hacían estaba mal.
 
Sus labios finos y tiernos pronunciaron su nombre, el joven la miro con ojos tristes mientras que ella parecía estar en shock al verlo. No mencionaba muchas palabras, aunque el muchacho la entendia pues estaba pasando por la misma situación en ese momento. Había tanto que quería decirle y no podía. En especial sobre todo lo que sabía ahora de la familia Aunonte y del peligro constante al que estaban expuestos. Sintió ganas de responderle pero podía percibir la oleada de palabras que su boca contenía y que no podía soltar, por lo que guardo silencio y espero que ella dijera todo lo que tenía para decirle para luego contestarle. De repente ella se abalanzo sobre él, en un profundo abrazo que sin lugar a dudas no fue conveniente pues la ropa del muchacho estaba completamente húmeda y su bella vestimenta negra se mojaría también. A Luca no le importo mucho y rodeo con sus brazos a la muchacha apretando su rostro contra su pecho y sintiendo en su tacto la espalda de ella.
 
-Yo también te extrañe, Bianca…
 
La pelirroja comenzó a hablar de la muerte de su padre, de que debió estar acompañándolo y Luca sabía que decía la verdad. Sin embargo, algo que le revelo lo dejo en estado de shock. ¿No la dejaron ir al funeral de su propio padre? ¿En qué demonios estaba pensando Mateo? ¿Acaso había alguien en ese preciso funeral que amenazaba la integridad de Bianca? ¿Acaso él estuvo en peligro todo el tiempo y no lo sabía? No podía creer hasta donde se extendía la red de mentiras de Mateo, había estado esperando por Bianca durante todo el funeral y no fue capaz de admitir que no iría por su culpa.
 
Salió de sus pensamientos cuando la muchacha lo tironeo de su brazo y lo metió dentro de la habitación. Bianca menciono que los tipos estaban armados, algo que Maunon debió considerar era que las explicaciones que tenía que darle a Bianca deberían ser extremas o incluso debería contestar con la verdad. ¿De qué otra forma justificaría las armas? Fuera cual fuera la explicación del mayor de los hermanos, sería algo que el debería hacer. Luca no estaba en condiciones de explicarle nada porque, en primer caso no era quien debía hacerlo pues eso era trabajo de Mateo y en segundo lugar no se sentía preparado para ello. Derrumbar de esa forma la imagen de Mario que Bianca tenia, siempre lo idolatro y tener que demostrarle que todo lo que ella creía y pensaba de su familia era totalmente erróneo y era mucho más malo de lo que jamás podría haber imaginado. Como le paso a él. No le deseaba eso a nadie.
 
Sentía miedo y era evidente, todo lo que estaba pasando era sospechoso y ella siempre fue una persona apegada a su familia. Que su padre muriera, su hermano mayor se hiciera llamar Maunon The 1st y que la escoltaran hasta su propia casa hombres armados eran pruebas evidentes de que algo malo estaba pasando en la familia Aunonte. Esperaba que la muchacha tuviera la fuerza necesaria para aguantar la verdad, ella era inteligente y seguramente podría con ello pero no estaba seguro del todo.
 
Pregunto por Mateo. Luca respiro. Era hora de hablar y contestar a todo de manera correcta, no podía mentirle pero tampoco podía revelarle información de más. Tenía que decir lo justo y lo necesario, esperaba tener la sabiduría y la voluntad para contenerse aun cuando su hermana comenzara a preguntarle sin parar porque la conocía y sabía que eso pasaría. No podría frenar la avalancha en forma de cuestionario que saldría de sus bellos labios y no creía poder escapar de ello tampoco. Ella lo abrazaba con pasión y él sentía como su ropa húmeda estaba pegándose a su piel pues sentía el frio que hacía que los bellos de sus brazos se erizaran. Era hora de hablar.
 
-No debes temer… -Mintió para tranquilizarla, sabía que no había forma de asegurar su seguridad ni la de nadie, pero si algo iba a priorizar y había decidido en ese poco tiempo que había tenido para pensar es que la seguridad de la pelirroja seria su principal objetivo. No importaba si tenía que embarrar su nombre, si tenía que manchar sus manos de sangre o… peor. Bianca estaría a salvo- Te prometo que todo estará bien. No puedo decirte mucho porque no estoy habilitado para ello. Espera a que llegue Maunon y él te explicara.
 
Fue curioso y raro, pero Maunon le salió tan natural como antes le salía decir Mateo. Desde que se enteró todo lo que ahora sabía, veía a su hermano como otra persona y le resultaba más simple asimilar ese pensamiento si lo llamaba por su nuevo nombre inventado.
 
-Tampoco temas por mí, Bianca. Vamos a estar bien, yo te prometo eso…
 
Estiro su mano para acariciar uno de los cabellos de su roja melena. Podía ver lo profundo de sus ojos verdes y sentía que se perdía en ellos. Sabía que había gente en la casa, sabía que vendrían invitados y que el ambiente estaba caldeado pero no le importo nada, necesitaba hacerlo. Subió su mentón con un dedo para poder verla directamente a los ojos y, sin decir nada más ni pensarlo dos veces, acerco su rostro al de ella para besarla. Fue un beso corto, solo para sentir el tacto de sus suaves labios contra los suyos y sentir la pasión y el amor que tenía en su corazón por ella y que hacía meses no había podido sentir físicamente. Se apartó rápidamente y abrió sus ojos, los cuales cerro al besar, sintiendo como el sabor de ella había quedado en sus labios. La volvió a mirar mientras acariciaba su mejilla con sus dedos pasando por debajo de su oreja. Sentía el cabello de ella haciéndole cosquillas en su mano.
 
-Yo no solo moriría por ti Bianca, mataría por ti…
 
¿Podría matar a un ser humano? Estaba seguro que si tenía que elegir entre la vida de alguna persona y la de ella, no lo pensaría dos veces. Si tuviera que elegir entre la vida de todo el mundo y ella aun así no dudaría. Si tuviera que elegir entre la vida de Maunon y su hermana… Tampoco.
 
Sintió y vio cómo su vestido negro de luto se había humedecido por la cercanía de sus cuerpos. No era la idea y el hecho de haber arruinado su preparación por no irse a cambiar antes lo hacía sentir mal, incluso sentía un acceso de culpa por haberla besado en un ambiente tan macabro y triste como el duelo de la muerte de su padre. Si existía la vida después de la muerte y Mario Aunonte estaba viendo a sus hijos en ese momento, se llevaría una gran decepción y quizás querría reencarnar para acabar con ambos por insultar el apellido. ¿Qué era un apellido contra un sentimiento tan fuerte como el amor? Se preguntaba el joven.
 
-Mírate nada más… -Dijo viendo sus ropas y tocándolas, tratando de ser cuidadoso con los sitios en los que tocaba- Te has mojado entera por mi culpa. Debí haberme cambiado antes.
 
Sentía el golpeteo de las gotas de la lluvia golpear contra la ventana y el aroma del césped mojado del jardín parecía traspasar las paredes pues llegaban hasta el joven aun estando en el segundo piso y en una habitación cerrada. Pensaba si sería buena idea ir a cambiarse y volver con ella pero realmente no estaba en condiciones de abandonarla, al menos no hasta que llegaran los invitados.
 
-¿Necesitas espacio para cambiarte o te quedaras así?...
 
Luca la miraba como quien observa lo inalcanzable, aunque supiera que ella había conseguido hacía tiempo. No podía pensar cosas puras acerca de ella debido a todo lo que había pasado entre ellos, desde que tenía memoria quizás la hubiera visto más tiempo sin ropa que vestida. Ese color negro le hacía pensar en el futuro de la joven, le dolía bastante pero quizás fuera lo mejor para los dos.
 
-Deberías acostumbrarte al color. Cuando hagas los votos… -le costó decirlo- lucirás así. Te queda bien.
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Re: Mansión de la familia Aunonte

Mensaje por Bianca el Lun Ene 14, 2019 8:05 pm

Tan pronto Luca dijo que no debía temer, algo en ella pareció tranquilizarse. Su hermano era incapaz de mentirle, por lo cual, no tenía razones para dudar lo que estaba diciendo. Habían pasado tantas cosas juntos y al mismo tiempo guardado secretos tan devastadores uno del otro, que a esa altura, hubiese sido absurdo ocultarle la verdad sobre algún tema importante.

Eso la dejaba más tranquila. Si su hermano mayor le aseguraba que estaba a salvo junto a él y Mateo, entonces así era. De seguro sólo había exagerado un poco en la protección que había contratado para llevarla a casa y él mismo se lo explicaría. Suspiró aliviada mientras escucha el tono aterciopelado y tranquilizador en la voz de Luca, quien le contestaba y aclaraba sus dudas. Le fue imposible ocultar su alivio en una sonrisa.

No obstante, la sonrisa desapareció lentamente de su rostro cuando le dijo que no estaba “habilitado” para hablar de algunos temas con ella y de inmediato esa punzada de miedo invadió su pecho nuevamente. ¿Desde cuándo necesitaba permisos o prerrogativas especiales para hablar con ella sobre cualquier asunto y por qué llamaba a Mateo por ese nombre que le provocaba algo agrio en sus entrañas? Mateo para ella era Mateo, ¿Por qué seguían llamándolo “Maunon”?

Por primera vez en su vida sintió algo de suspicacia y desconfianza al estar cerca de Luca, aunque lo intentó ocultar con un rostro estoico mientras lo escuchaba, estudiando sus gestos, la sinceridad en su voz, la manera en que le tocaba el cabello como si quisiera distraer su atención con una caricia. Era astuto, Luca siempre había sabido atacarla por sus puntos débiles cuando quería algo de ella y le resultaba a la perfección. Esa sensación de intimidad que se creaba con un gesto tan simple provocó que de a poco los pensamientos importantes abandonaran su mente y cuando la besó después de mirarla fijamente a los ojos, creyó que desfallecería producto de la angustia de besarlo una y otra vez.

Se sorprendió con la rapidez que su cuerpo y sus emociones la traicionaban. Sólo bastaba estar a solas con él un minuto para que el mundo ajeno a ellos pareciera dejar de importar. Bajó suavemente los párpados sin alcanzar a cerrar los ojos, alejada de pensamientos importantes como el fallecimiento de su padre, Mateo, lo ocurrido esa tarde y lo que tenía que ocurrir ahora que el funeral al parecer había concluido. El suave tacto sobre su cuello, la manera en que la miraba, como cosquilleaban sus labios después de aquel beso, hacía que todo eso tomara un segundo plano en la lista de sus prioridades. Ni si quiera parecía notar o importarle que entre más cerca estaban, más se arruinaba aquel vestido que se había demorado veinte minutos en ajustar entre botones a listones que mantenían todo en su sitio sobre el ajustado corsé.

Suspiró con tristeza apoyando nuevamente la mejilla contra el pecho de Luca, buscando refugio en ese lugar que se había vuelta tan familiar. ¿Acaso no había sido así la primera vez que se besaron buscando consuelo uno en el otro en medio de una tragedia familia? Habían estado tan solos durante el verano en que su madre murió, que su cercanía había escalado progresivamente día tras día. Sostenerse las manos, acariciarse o abrazarse en cierto momento se había vuelto insuficiente para calmar sus corazones en duelo. Fue cuando en medio de besos curiosos las cosas comenzaron progresivamente a escalar y salirse de control sin que ellos discutieran si lo que pasaba ese verano estaba bien o mal. El dolor de la perdida era demasiado grande como para haberse preocupado en ello. Las noches se volvieron una excusa para aprender a besarse y explorar sus cuerpos con los labios. La compañía que encontró en Luca durante ese periodo de tristeza era lo único que calmaba el dolor en su corazón. Ni si quiera se extrañó cuando una noche besarlo no era suficiente  y comenzó a guiar sus manos a lugares escondidos en el cuerpo de su hermano que pulsaban con su tacto.  Luca le devolvió el favor, enseñándole cómo tocarlo, besarlo y acariciarlo en los rincones de sí mismo reservados para la intimidad de una amante. Sin poder evitarlo, en esa misma habitación hundidos en la soledad, la miseria y el profundo deseo que habían intentado sofocar durante el transcurso del verano, la convirtió en mujer. El deseo por el otro se había vuelto tan irresistible que esa era la única forma de apaciguarlo. Ella lo había deseado tanto como él y en ningún momento en ese festín de gemidos, sudor y placer pensó que lo que hacían era antinatural o malo, sino la conclusión lógica de lo que sentían. Había sido así cada vez desde entonces y por mucho que la culpa o el arrepentimiento los golpeara cuando saciaban su necesidad del otro, cuando estaban a solas, inevitablemente volvía a generarse esa tensión que le quemaba el pecho y la parte más íntima de su cuerpo.


Bianca terminó sonrojando y bajó la mirada tímidamente, con la respiración un poco alterada y la sensación de que ya habían vivido eso antes. Parecía que la desgracia los unía una y otra vez, o al menos era lo que creía… como si la muerte les diera una macabra necesidad de tenerse cerca.

No obstante, no pudo evitar la sorpresa cuando él habló sobre algo que pensaba era sólo un secreto entre su padre y ella. ¿Luca estaba enterado de su interés de unirse permanentemente a la congregación del Sagrado Corazón y estaba de acuerdo con ello? Sintió pánico al escucharlo, pues pensaba que era un pequeño secreto que tendría que comunicarle tanto a Mateo como Luca cuando pudiesen estar los tres reunidos y en un momento más apropiado. Pensaba pasar el resto del verano ahí en duelo, apoyando a la familia, cuidado de sus amados hermanos en ese dolor. Nunca creyó que Luca estaba enterado de lo que planeaba hacer con su vida.

―¿Papá te habló sobre eso? fue como un balde de agua fría, tan devastador como recibir ese telegrama que la convocaba de vuelta a su hogar por un nuevo y sospechoso fallecimiento. No debió hacerlo.

Sonrió con amargor viéndolo a los ojos al notar que parecía no importarle que ella quizás fuese a encerrarse para siempre en un lugar tan lejos sin que ellos pudiesen volver a verse. En su mente había imaginado decirle a Luca todo lo correspondiente a ese asunto personalmente y en sus más optimistas fantasías, esperaba que él le dijera que jamás permitiría algo como eso. Descubrir que él estaba al tanto y que al parecer no tenía inconveniente con el tema fue como recibir un puñal en medio del pecho. Se sentía traicionada.

―¿También te habló sobre Niccolo Tagliavia?se separó de Luca bastante herida y decepcionada, caminando hacia el brasero de su cuarto.  

Recordó con la mirada fija en los rescoldos haber recibido una carta de su padre, como usualmente sucedía. Le hablaba sobre los estados de la propiedad, sus planes para el futuro, sus deseos para ella y le mencionaba una sombría noticia al final de ésta que vaticinaba el futuro que le esperaba al volver ese verano.

―Papá estaba empecinado a comprometerme cuando cumpliera dieciocho años con la familia Tagliavia. Mandaron a hacer mi ajuar durante la primavera a París y tuve que ir obligadamente a medirme para ello. 
 

La familia Tagliavia era dueña de las plantaciones más grandes de cítricos en toda Sicilia y habían acordado con Mario Aunonte que su hijo menor, Niccolo, sería el esposo de Bianca. Por supuesto, los detalles de dicha negociación escapaban a ella. No sabía que parte del verdadero negocio de su padre era asegurar que los cítricos de los Tagliavia se cultivaran, produjeran y exportaran sin interrupciones sospechosas de otras familias de la zona. La riqueza de Sicilia era precisamente los limones y la joven no estaba enterada de que aquella pequeña transacción era la responsable de toda la fortuna de su familia, no porque ellos produjeran limones, sino porque manipulaban todo el negocio de ellos. Asociarse con los Aunonte era clave para el éxito comercial de los Tagliavia en el mercado de los cítricos; era la familia de Bianca y sus asociados quienes se cercioraban de la seguridad de las plantaciones, del transporte, de la exportación y precios. Era una alianza poderosa y en parte, ese compromiso era un agradecimiento a los Aunonte por el éxito de las actividades comerciales que se llevaban a cabo dentro de Sicilia.  

Lo único que Bianca sabía con seguridad era que dicho compromiso la beneficiaba no sólo a ella sino que al resto de su familia. Los ponía en una situación que carecían hasta ahora, independiente de su fortuna y riqueza; los emparentaba con los Tagliavia, una familia de terratenientes con títulos de Nobleza cuyo árbol genealógico se remontaba incluso a la corona española Aragonés. Habían sido  príncipes de Castelvetrano, duques de Terranova y tenían las plantaciones más grandes de limones en toda Sicilia. Mario Aunonte era un hombre importante y rico, pero ellos no eran nobles, no tenían propiedades de ese tamaño ni negocios que se pudiesen comparar a aquellos que movían los Tagliavia. Los Aunonte habían sido campesinos muertos de hambre durante siglos y el nombre sólo había cobrado importancia durante las últimas cinco décadas. Que accedieran recibirla en su familia a pesar de su falta de títulos de nobleza era un honor que cualquier mujer habría muerto por recibir, un matrimonio muy aventajado y lo mejor que podía esperar al ser una mujer que por ningún motivo heredaría los negocios familiares. Si Mateo cargaba con el peso de liderar la familia y Luca con el de asistirlo, la función de Bianca era crear lazos con otras familias a través del matrimonio, que trajeran hombres poderosos al círculo interno Aunonte. Todos esos conocimientos que había adquirido en Francia, por los cuales su padre había pagado una pequeña fortuna, no estaban dirigidos en que ella fuese una gran mujer de negocios ni una erudita, sino para que le enseñaran a ser una buena y obediente esposa.

―Respondí dicha oferta anunciándole que tomaría los votos en el Claustro de las hermanas del Sagrado Corazón este verano. No tenía otra opción Bianca subió su mirada melancólicamente y se cruzó con los ojos de Luca. Él sabía por qué no tenía opciones en ese ámbito, ¿Qué clase de hombre habría accedido a casarse con una mujer mancillada por otro? Cualquier Siciliano que pasara la noche con ella y descubriera que otro la había conocido antes la devolvería con su padre. Él respondió diciendo que no permitiría algo como eso. Se molestó bastante conmigo, a decir verdad, y con justa causa. Pero pensé que quizás, era lo mejor para todos. ¿Puedes imaginar la cara de nuestro padre y Mateo al día siguiente de mi boca cuando Niccolo Tagliavia me devolviese a ellos por no ser una doncella? Creo que habría matado a Papá con algo así. Y si hubiese sobrevivido al impacto de la vergüenza, él mismo me hubiese mandado a un convento el resto de mi vida para reparar el daño de la deshorna sobre la familia.  

Permaneció en silencio sintiendo como un nudo le cerraba la garganta. Su cabeza se llenaba de pensamientos inadecuados estando ahí con Luca, deseándolo con tanta intensidad que le temblaba el pecho. ¿Por qué tenía ese poder sobre ella sólo por verlo a los ojos, como un embrujo del cual no podía despertar? A pesar de toda esa situación y la angustiante posición en que se encontraba como mujer, sobre todo al acercarse peligrosamente a esa edad en que comenzaría a ser una molestia para su familia o considerarse una solterona, la idea de separarse de Luca le resultaba horrorosa.

―No sé qué hacer, Luca.

Se le llenaron los ojos de lágrimas pero no iba a llorar. Volver a Sicilia le recordaba la encrucijada en que estaba y aquello era angustiante. Llevaba sobre sus hombros el secreto de una pasión prohibida que había dejado consecuencias permanentes en ella mientras la consumía. No podría ser nunca la esposa de nadie y sus opciones eran limitadas. Y aún así, estando cerca de Luca, todo eso no le importaba. Lo único que comenzaba a llenar lentamente su mente era que quería estar cerca de su hermano el resto de su vida aunque tuviese que enfrentar el infierno por toda la eternidad para así purgar lo que sentía.

―Cuando estoy contigo, no puedo controlar el impulso de ―bajó la mirada nuevamente, avergonzada por su confesión sentirte cerca. Es más fuerte que yo. Es una necesidad que me quema y me llama a ti sin que pueda oponerme. Dejo de pensar y todo se vuelve irrelevante, excepto tú ―dijo con un toque de tristeza mientras entrelazaba sus manos delante de su regazo. No sé qué planes tenga Mateo para mí ahora. Si puede impedir que asista al funeral de nuestro propio padre y que tú me respondas con honestidad sobre todo lo que está sucediendo, creo que se ha convertido en quien tomará las decisiones respecto a mi vida de ahora en adelante lo volvió a mirar sonriendo con melancolía, sus ojos cristalizados aguantando el deseo de llorar. No quiero ser una molestia para ti o para nuestro hermano mayor y su sonrisa desapareció mientras fruncía los labios desconsolada por el exceso de emociones dentro de ella. Estoy cansada de vivir con estos secretos, con esta sensación de temor que me abate; miedo de perderte, miedo de Mateo, miedo de no volverlos a ver, miedo del futuro, miedo de que alguien descubra lo que sucede entre nosotros, miedo de que sigan muriendo las personas que amo, miedo de tener que tomar esos absurdos votos para vivir el resto de mi vida encerrada en un lugar sólo porque decidí amarte. Por años he vivido aterrada de todo y el único lugar en que dejo de experimentar ese frío que me paraliza es… contigo ―dio pasos rápidos rindiéndose ante angustia  y se apegó contra Luca, sosteniéndole el rostro con ambas manos en una súplica desesperada. Te amo, te amo tanto. No me importa las consecuencias de eso. Sólo sé que te amo y no puedo estar sin ti.  

Se acercó a él y lo besó reclamando apasionadamente sus labios sin poder contenerse más. Necesitaba su cercanía en la soledad y el hálito de la muerte que los rondaba, su honestidad en medio de todas esas mentiras de su familia, su amor en el abandono de años de negligencia de parte de todos los que debieron preocuparse por ambos.

La muerte los había unido anteriormente y la muerte nuevamente lo hacía ahora. Aunque sabía que todo eso era inmoral, pecaminoso, incluso aberrante, no podía evitarlo. Sus labios eran el único refugio que encontraba para dejar de temer y pensar en su propio miedo de estar ahí. Se difuminaban los pensamientos y preocupaciones sobre Mateo, el fallecimiento de su padre, el futuro que se avecinaba, las responsabilidades que debían asumir esa velada, todo desaparecía y era remplazado por un insuperable deseo. Luca era el único consuelo que encontraba en ese mundo de mentiras y engaños en que habían nacido.

Tan pronto separaron sus labios en aquel demandante beso dejó escapar su respiración agitada sobre la piel de Luca y se aferró a él temblando, afirmando el rostro contra su pecho. Ahí estaba el  corazón de su hermano, aquel que compartía esa misma sangre que le recorría las venas. Ese sonido la tranquilizaba. ¿Cuántas veces había dormido con su mejilla anidada ahí en medio de su torso, escuchando su pacífico sonido hasta conciliar el sueño? No le importaba quedar mojada en ese momento, sólo lo quería cerca un poco más antes de que Mateo llegara con toda la familia al banquete fúnebre.

―¿No podríamos irnos de este lugar?le preguntó en un susurro hablando completamente en serio. Dijiste que matarías o morirías por mí, ¿verdad? necesitaba saber que aún había al menos una esperanza. ¿Te irías de Sicilia por mí también? subió su mirada en un ruego lleno de impotencia por la carencia de posibilidades que ambos tenían estando ahí. Mateo nos ama y entendería. Él siempre ha deseado que seamos felices. No nos necesita aquí para encargarse de los negocios familiares. Vamos a Londres, a París, a Vienna, o incluso a América. Tenemos suficiente dinero entre nosotros para vivir tres vidas sin que se acabe. Vamos a un lugar lejos de Sicilia donde nadie sepa sobre la familia Aunonte, ni que somos hermanos, ni cuánto dinero valemos. Solo tú y yo, sin tener que esconder lo que sentimos por el otro, viviendo el día a día sin remordimientos ni secretos.

Si Luca la conocía tanto como ella a él, sabría lo desesperada que se sentía en medio de todo lo que estaba ocurriendo y quizás todo lo que había pasado los últimos días enardecían la urgencia de su petición por alejarse de toda esa dolorosa situación. No obstante, el meollo del asunto era el mismo: Bianca quería amarlo sin tener que sentirse culpable por ello, sin temer al futuro que le esperaba por entregarse a esa desbordante pasión por él.
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Re: Mansión de la familia Aunonte

Mensaje por Maunon The 1st Hoy a las 1:32 am

Familia, Fidelidad, Frialdad.

«Ermine Aunonte»
«Maunon The 1st»
«Francesco»
«Santino»


Cuando Luca se fue Mateo se quedó sentado unos momentos. Los jefes de las familias decían alguna que otra palabra que, para él, eran simples susurros del viento sin importancia, y se iban, así como habían venido. Se quedó en silencio, lo único que quería tener en ese momento era la compañía de la poca familia que le quedaba. Pero no esas personas que le rodeaban, quizás Ermine era una tía muy buena con él, pero no era a la persona que quería tener cerca. Quería a su verdadera familia, a sus hermanos cerca. Extrañaba y añoraba los momentos donde podía verlos corretear y reír a través de la ventana. Jugando en el campo como dos seres libres.

Suspiró, quizás ellos no lo entenderían jamás, pero todo lo que había hecho seguramente había sido para protegerlos por más que no lo vean como una figura cercana él los cuidaba como un ángel, como algo que no se ve, como el que está ahí del otro lado desde el más allá y los cuida. Agachó su mirada, y luego sintió una voz más cercana. — Mateo, querido, ¿estás bien?

— Solo un poco cansado… — alzó la mirada para ver a su tía Ermine. —…tía.

— Es que tienes que hacer los honores. — le pasó una Rosa y él la tomó entre sus dedos, observándola un momento. — Lo sé. — su mirada cambió por completo, se hizo más siniestra por momentos y solo la lanzó sobre el cajón de su padre que reposaba ya tres metros bajo tierra, sin ser cubierto aún. Cuando la rosa cayó, se fue deslizando hacia el costado como una lagrima en una mejilla de una señora que estaba al lado del primogénito Aunonte. Con un dejo de tristeza en sus ojos, que brillaban como si estuviera a punto de llorar abandonó ese lugar. No quería saber más nada del entierro, tenía la mente sumida en los problemas que se avecinaban.

Abrió su paraguas lo más pronto que pudo, aunque ya había se había expuesto a la lluvia mientras daba su discurso no quería mojarse más. Caminó lento, y cuando su tía lo vio marcharse no pudo evitar seguirlo, intentando frenarlo. — Mateo, Mateo, ¿realmente estás bien?

Se dio media vuelta, lentamente, observando que detrás de ella no había nadie. Su vestido estaba empapado y se apegaba aún más a su perfecta figura, pero lo curioso era que no estaban ni Adriano, ni Nicola detrás de ella como había sido todo el tiempo. — Estoy bien, tía. Simplemente quiero volver a casa, darme un baño, cambiarme estos atuendos y estar listo para la despedida y para los posibles invitados que lleguen. — su temple volvió a serio. Estaba a un par de pasos de su auto que lo llevaría a la mansión Aunonte, el cual conducía Francesco, casi que su mano derecha en todos estos conflictos que se presentaban.

— Mateo… yo. — musitó la mujer con una voz quebrada. Como si pidiera permiso para hablar ante la imponente figura que tenía ahora delante. Aquella persona lejos escapaba a ser el inocente joven que alguna vez fue, y ahora era realmente la cabeza de la familia Aunonte.

— Sé lo que vas a decir. — le dio la espalda. Quizás porque era algo muy delicado para hablarlo en ese momento, con la molesta lluvia que no cesaba, con el estado de ánimo de un color grisáceo como las nubes que estaban por encima de sus cabezas.

— Mateo. — se expresó una vez más la mujer, soltando una lagrima.

— Maunon, el primero. — la corrigió con un tono frío en su voz, como si poco a poco recobrara su personalidad y se concentrara en lo que realmente estaba ocurriendo. Dejando de lado solo un poco a sus hermanos de todo este asunto.

— Maunon. — agachó su cabeza, algo apenada. — Eres la única persona que me puede salvar de toda mi infelicidad.

— Adriano Mancini es un hombre más que capaz para ayudarte. — detuvo su habla mientras ella se acercó un momento más. Soltando unas lágrimas, aunque intentando fingir una fuerza que en ese momento no tenía.

— Pero no es el hombre al que amo, Mat… — se corrigió rápidamente. — Maunon.

— Te ha dado riquezas, una casa lujosa, te ha llevado a vivir a la ciudad más romántica del mundo. Te trata como una Reina, posiblemente sea una de las personas más influyentes de todo Francia. — Francesco en ese momento vio por el retrovisor a su señor, y salió del auto tan pronto como pudo, con su paraguas en mano. Pero cuando vio que la tía de Mateo estaba cerca y hablando, decidió esperar. No quería interrumpir, aunque los observaba de lejos.

— Pero no me dio una hija como tú. — la mirada de Mateo apuntó hacia Francesco, mirándolo con una frialdad absoluta y éste comprendió que era momento de esperar en el auto un poco más hasta una pronta señal. — No me hace suspirar al recordarlo. No hace que me sienta muj…

— Nada de eso interesa. — interrumpió Mateo, siendo cortante. — Si otro fuera el caso, me preocuparía por el futuro de Nicola antes que el tuyo, tía. Y ambas tienen un futuro digno como para que sean mi preocupación. No es amor lo que sientes… — se dio la vuelta y la observó a la mujer, que estaba con su maquillaje corrido, derramando lágrimas negras por su rímel. — …Es nostalgia, es como papá decía. Siempre fuiste una caprichosa que buscaba lo que no podía tener. Que se encaprichaba en conseguir lo que quería a como diera lugar. En incluso buscar lo prohibido para sentir un poco de mórbida adrenalina que no iba a buen puerto.

Ya no soy un adolescente manipulable en busca de ese sentimiento prohibido. Soy un hombre, y como hombre debo aceptar mis responsabilidades.
— con sus finos guantes alzó el mentón de la mujer para que le mirara a los ojos. — Yo maté a tu hermano. — la mujer abrió sus ojos como platos, sorprendida por la noticia y sus pupilas comenzaron a temblar. — Y no dudaré en matarte a ti si no te alejas de aquí, y cuidas de nuestra hija Nicola como debe ser.

Soltó el mentón de la mujer con rudeza. No le interesaba humillarla si era necesario para que al fin comprendiera y dejara de comportarse como la adolescente que ya no era. Tomó la mano de Ermine y le colocó el paraguas para que no se siguiera empapando. Ella aún seguía en silencio por toda esa noticia y no podía despegar la mirada del hombre que era ahora el Aunonte. Sus labios temblaban, intentando balbucear palabras atragantadas que no parecían querer salir. — Dile a Adriano que no puedes soportar más esta situación. No vengan al banquete de despedida, márchense a Paris lo más pronto que puedan y no vuelvas más. — cuando estuvo lo suficientemente cerca del coche Francesco salió de la cabina del conductor, pero Mateo le hizo seña con su mano de que no era necesario y abrió el mismo la puerta. — ¿capiche?

— S-s… sí, Maunon. — llegó a responder temblorosa la mujer, mientras parpadeaba nerviosa. Sus labios palpitaban, por primera vez en su vida sentía el miedo. El verdadero pánico de verse indefensa ante un hombre. Ni siquiera Adriano había logrado esa sensación en ella, aunque era un hombre imponente. Apenas el coche arrancó ella, suspiró aliviada, como si la fuerza que oprimía su pecho la dejara respirar. Miró el paraguas, su mano temblaba demasiado, lo arrojó a un lado. Era como si ese objeto hubiera pertenecido al de una bestia o un monstruo. Pronto caminó hacia el entierro a buscar a Adriano, sujetándose el vestido con ambas manos para caminar mejor.

****

— ¿A dónde, señor? — preguntó su fiel sirviente.

— A la Mansión Aunonte, Francesco. — miró por la ventanilla del auto, como las gotas impactaban ahora con más fuerza.

— Señor. — iba a preguntar si estaba bien. Pero sabía que era imposible que esa pregunta fuera contestada con sinceridad ya que ningún jefe de familia iba a mostrar siquiera un rasgo de debilidad ante un sirviente. Aunque Maunon, era un allegado a él, y posiblemente la única persona a la que sería fiel de por vida, jamás le había mostrado la confianza necesaria para expresar o hablar de cosas sentimentales.

— ¿Sí, Francesco?

— Imaginé que la lluvia irregular iba a arruinar su traje. Es por eso que empaqué uno extra para esta situación para que no llegara de manera impresentable al banquete de su padre. — Mateo cruzó miradas con él por el retrovisor. Casi efímeramente se asomó en la comisura de sus labios una pequeña mueca que parecía ser una sonrisa, aunque no estaba muy seguro de que lo fuera.

— Que haría sin ti, Francesco. — Francesco, sonrió. No había nada que ese hombre que estaba viajando en el asiento de pasajeros no pudiera lograr.

— Ser lo que está destinado a ser, mi señor. El hombre más importante de toda Sicilia.

— Paso a paso, aún quedan dos familias más. — Los Ponte y los Tagliavia. A medida que iba hablando se quitaba el traje empapado, para poder colocarse el que su siervo le había traído como extra.

— La gloria requiere su esfuerzo. — presionó el botón para subir la ventanilla interna de aquel carro. Para que su señor tuviera la privacidad que quería para cambiarse en paz.

— La gloria no es lo que quiero, lo que quiero es el mundo. — susurró por lo bajo inaudible para su sirviente. Sabía exactamente lo que él buscaba y no era solo tener a Sicilia, a Italia a sus pies, quería enseñarles lo que una persona con suprema inteligencia podía lograr cuando tenía el poder suficiente. Y de no tenerlo, crearlo.

****

El auto de Mateo había cruzado el amplio campo donde sus hermanos jugaban cuando niños. Podía observar en cada paraje, como si hurgara en momentos de su memoria a la pelirroja y el pelinegro jugar. Mientras él se encargaba de sus estudios, mientras se encargaba de los negocios y los números familiares. Cuando el auto tomó la última curva principal de la Mansión, la puerta del auto por la que él tenía que bajar quedó exactamente a la par de la entrada como si fuera un reflejo de esta misma.

Francesco se bajó y caminó cuidadosamente hasta él, tomando la manija del auto y abriéndola con cuidado para que Mateo descendiera. Encima de él, estaba el paraguas que le protegía de la lluvia y era sostenido por la mano del mismo que le había abierto la puerta. Cuando hizo un par de pasos hacia fuera, sintió la puerta del auto ser cerrada de un golpe lo suficientemente fuerte y su sirviente caminó a la par de él para que no cayera ni una gota de agua sobre su ser.

Cuando llegaron al umbral de la mansión, Mateo se detuvo y lo miró a Francesco. Que comprendió que ya estaría bien de ahí para delante, y éste regresó rápidamente, descendiendo las escalinatas de la puerta corriendo. Encontrando refugio nuevamente en el auto y encendiendo un cigarro, desde ahí comenzaba su descanso.

Suspiró algo cansado por el pesado día que había tenido y tomó la aldaba de la puerta, para golpear tres veces. Pronto abrió su mayordomo, Santino, con el cual había tenido el privilegio de compartir casi toda su vida con la familia.

— ¿Ya están aquí, Santino? — musitó Mateo, sin mirar al mayordomo y pasándole su paraguas para que su sirviente lo pusiera en la cesta donde se guardaban todos.

— Si, mi señor. Tanto Luca como Bianca están aquí ya, y cada uno están en sus respectivas habitaciones. Déjeme decirle que la señorita Bianca se ve estupenda, ha crecido bastante desde que se fue, incluso se encargó de dar órdenes para los preparativos.

— ¿Y Luca? ¿cómo está? ¿Dijo algo?

— Está destrozado, señor. Como cualquier persona que pierde a su padre. Lo he consolado todo lo que pude, pero necesita contención de su hermano mayor. De su familia…

— Tu eres parte de nuestra familia también, Santino. De ambas. — con suma confianza le puso la mano en el hombro a su mayordomo. Y éste amplió su sonrisa y entrecerró sus ojos, debido a que sus mejillas le generaban unos pómulos gigantes que le hacían cerrar los ojos cuando sonreía.

— No me refería a eso, mi señor.

— Lo comprendí. Pero siempre es bueno recordarles a las personas que te rodean lo importante que son cada uno. Uno nunca puede cuando puede ser su ultimo día. — esas palabras hicieron daño sentimental en el hombre que recordó a Mario Aunonte. Un recuerdo cruzó su mente, de hacía más o menos cuatro o cinco días, donde una tarde de lluvia similar a la que estaban viviendo ahora mismo, Mario le comentaba que se iba a una cena con los Ponte para arreglar algunos problemas. Estaba tan bien, y que de la noche a la mañana haya aparecido asesinado de la manera más atroz en su propio despacho los hacía sentirse inseguros a todos, vulnerables.

— Gr-gracias mi señor, Maunon. — hizo una reverencia. Conteniendo su real y profunda tristeza por la partida del hombre que le había abierto las puertas años atrás a esa morada. Ese era quizás el único problema del anciano Santino, quizás su moralidad era muy débil y en algún momento podría eso, abrir a situaciones sentimentales que podían aflojar su lengua demás. Pero no era momento de resolver eso ahora.

Mateo simplemente subió las escalinatas, para ir al piso de arriba. Y se despidió de su mayordomo que ya se iba. — De nada, Santino. De nada.

A gran velocidad recorrió el pasillo hasta llegar a la puerta de Luca. Casi sin pensarlo, la tocó con tres golpes rápidos. — Luca… — dijo audible pero no lo suficiente. No quería llamar la atención de todos los presentes ahí. Tenía que hablar el tema personalmente con Lucas, y de manera privada y no quería que Bianca se enterara. Golpeó nuevamente. —…Luca, ¿estás ahí?

Pensó lo peor. Analizó las probabilidades de que le haya pasado algo, y no se pudo quedar con la duda. Temía abrir esa puerta y que su hermano esté masacrado a disparos sobre su cama, o que quizás él haya terminado con su propia vida por no poder soportar la perdida de sus padres. — Si estás ahí, lo siento, pero voy a entrar Luca.

Giró la perilla de la habitación y pronto el sonido rechinante de la puerta se sintió. Primero asomó la cabeza, mirando enteramente el cuarto. Arriba de la hermosa cama de Luca, había ropajes doblados. Alzó una ceja desconcertado y entró a la habitación. Al ingresar trancó el pestillo para que nadie más lo hiciera. No quería visitas inesperadas. — ¿Luca?

Entrecerró sus ojos y caminó con pasos cortos, como si fuera un felino acechando. Dirigió su mano izquierda al interior derecho de su saco, tomando la culata de su arma y afirmando fuerte el agarre para de un tirón sacarla fuera y sujetarla con ambas manos. Puso el arma adelante, y apuntó hacia la puerta que conducía al baño, aclaró su garganta. — Si estás ahí Luca, voy a entrar.

Sujetó el arma con su mano izquierda y tomó la perilla del baño con la mano derecha, para abrirla con suavidad y lentamente. Cuando sintió la traba de la puerta ceder, solo posó tres dedos sobre el picaporte y la empujó lentamente, para luego abrirla con toda velocidad e ingresar al baño apuntando para todos lados. Suspiró aliviado, pero preocupado a la vez de que no hubiera nadie ahí. Golpeó la puerta con impotencia y la cerró tras de sí, saliendo con pasos ligeros hacia el pasillo, guardando su arma en el ínterin. Cuando estuvo fuera de la habitación la cerró de un portazo y tocó la puerta de su hermana. — ¿Bianca? ¿estás ahí?
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Re: Mansión de la familia Aunonte

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